Susana y los viejos

Una increíble historia de castidad

Existe en la Biblia una historia que pocos pintores se han resistido a pintar y que siempre nos ha resultado difícilmente creible, o sospechosa y repleta de oscuros aspectos sin aclarar: Es la historia de “Susana y Los Viejos”, que Guercino pinta tan preciosamente como puede verse, atreviéndose a hacernos partícipes de ella y hasta cómplices de los dos viejos, uno de los cuales se dirige a nosotros y nos indica que guardemos silencio o bien nos advierte ante el execrable hecho que  pretenden perpetrar ¿O no es para tanto? 

Nos cuenta la Biblia, en el libro de Daniel, una extraña historia que podemos someter a ciertas dudas y que tiene todos los visos de haber sido un escándalo mayúsculo, no sé si real o ficticio (como todo lo bíblico), pero indecente y socialmente pornográfico, digno de cualquiera de los programas televisivos actuales que nos revuelven las tripas día tras día impúnemente. La historia en sí, que adjunto extraída literalmente de la fuente original (pulsa aquí para leerla en nueva ventana), nos cuenta el acoso al que sometieron dos viejos jueces a la casta Susana, mujer de Joaquín, mientras se bañaba desnuda en sus jardines privados. Pero quizá no sea todo tan sencillo com se cuenta:

Lo primero que nos estraña de esta historia es que sean dos viejos los presuntos violadores. No es que lo dudemos, pero estas cosas de la violaciones son más propias de jovencitos hormonados que de decrépitos seniles, y a más, los malos de esta película no son dos gañanes anónimos, sino dos respetables y venerables ancianos jueces, ‘a quienes se dirigían todos aquellos que tenían algún litigio‘ y que solían resolver precisamente en la placidez de los jardines de Joaquín, el marido de Susana, que en esta historia parece no enterarse de nada, a pesar de su enorme riqueza y poder. Ya digo que resulta chocante que los jueces hayan decidido irse de farra juntos y que ya puestos se hayan embarcado en la osadía de folgarse conjuntamente a la maciza bañante.

Y aún más extraño es que los dos vejestorios, sabedores de que estaban solos con Susana en un jardín cerrado con llave, se dirigieran a la joven desnuda ¡¡¡a pedirle permiso para beneficiársela!!! Bueno, estos ni son violadores ni son nada serio. ¿Dónde se ha visto que unos delincuentes actúen con tamaños miramientos?, ¿Qué pensaban los viejos que les iba a decir la bella desnuda?, ¿Pero no eran conscientes de que el marido de Susana, el tal Joaquín, era jóven y rico y que todos los días yacía con su mujer?

Pues no, no debían serlo, pero lógicamente obtienen la negativa de Susy, aunque con extrañas palabras, ya que no se le ocurre a la moza otra cosa que comenzar diciendo “¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes!”. ¡Hombre Susana, un comedimiento, que estás en pelotas delante de dos tíos dispuestos a todo!. Pero sea como fuere, el caso es que no se ponen de acuerdo en lo de las folganzas y entonces todos comienzan a gritar como descosidos. ¡Qué bochornoso espectáculo!.

Llegan corriendo los miembros del servicio y comprueban las diferentes versiones que dan los viejos (En resumen: Susana se estaba zumbando a un joven y apuesto maromo que salió corriendo, lo que nos espantó tanto que no tuvimos más remedio que ponernos a gritar ¿?) y la que da Susana (También resumida: Estos dos me estaban buscando y me van a encontrar, ¡vaya que si me encuentran!).

Hasta ahí todo normal, osea que es normal que difieran las versiones, pero lo que no es normal es que delante de la Corte Penal solo prevalezca la versión de los viejos. ¿Pero no eran los viejos los que estaban en casa de Susana? ¿Y eso no es sospechoso?. Pues no debía serlo porque de momento la condenan a muerte, para ir haciendo boca. ¿Pero por qué si ni siquiera sabemos a quién se estaba zumbando Susanita?. Vale, mal está que la tia buena haya echado una cana al aire, pero eso no es tan grave como para matarla cuando ni siquiera su marido ha levantado una queja. ¿Y si era el marido disfrazado el supuesto maromo que salió corriendo?¿Qué sabemos de las fantasías sexuales de la pareja?

Porque desde luego el pobre Joaquín no te creas que dijo ni pío, “si me matan a la parienta por algo será” debió pensarse, ya que no parece que hiciera el más mínimo intento por aliviar la situación, un tanto comprometida -para qué negarlo- de su mujercita. Pero hete aquí que de no se sabe dónde surge un tal Daniel (vaya hombre, se llama igual que el profeta que cuenta esta historia) que con una forzada puesta en escena se pone a gritar –aquí todos gritan- diciendo: “Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer”. ¿Cómo?, le responden los jueces, ¿Qué quieres decir?

Es entonces cuando Dany, nuestro héroe, monta una defensa legal improvisada que pasará a los anales (bueno, dejemos los anales aparte), a los libros, de derecho romano, por lo menos. Ahora es algo común porque ya hemos visto en mil películas de Hollywood cómo el abogado defensor somete a increíbles preguntas a los acusadores con el objeto de sonsacar unas contradicciones que hagan increíbles las diferentes versiones de la acusación, pero en aquel tiempo pocas leyes debían estudiarse si ni siquiera esta treta jurídica era conocida ¡por dos jueces!.

Porque la pregunta de Daniel el defensor no tenía nada que ver con el acto sexual, ni nada que ver con la pareja, ni con la identidad del maromo, se refería a la naturaleza del arbol bajo el que supuestamente retozaban refocilantemente los amantes sorprendidos. “Una acacia”, dice uno de los viejos, “era una acacia”. “No, era una encina, dice el otro”. ¿Pero qué más dá?, ¿O es que además de jueces tenían que ser botánicos?. Ellos solo acusaban de que dos jóvenes estaban follando debajo de un árbol, sin más. ¿No hubiera bastado con que uno de los jueces dijera: “¡y yo qué sé de árboles!” para desmontar el argumento de la defensa?

Pues nada, que esta estulticia resultó evidente por la confusión arbórea que dejó clara la tendenciosa pregunta de Daniel, y por ello los jueces perdieron su credibilidad delante de la corte, lo que llevó consecuentemente a la absolución de Susy, ¡¡¡y a la condena a muerte de los dos jueces!!!, ¿Pero es que siempre tenían que condenar a alguien a muerte?. Nosotros nos alegramos mucho de que Susy salga bien parada y no es que queramos defender a esos talescuales, que mal está que los dos chivatos levantaran falso testimonio, pero tampoco es para matarlos. Total, con cortarles la lengua hubiera bastado, o un pequeño destierro de varios meses al desierto… en fin, un poco de imaginación para no matarlos, que ya vemos que la situación de la judicatura israelí no era para tirar cohetes, porque estaba llena de presuntos violadores o de obsesos con la pena de muerte.

En realidad esta inverosimil historia tiene pinta de otra cosa más al uso. Decirme malpensado, pero yo creo que el tal Daniel tiene aquí algo más que decir que su alegato sobre la inocencia de Susana. ¿A qué cuento viene que salga en su defensa sin conocerla y enfrentándose solito a toda la clase jurídica? ¿No será que Dany y Susy…?. ¿De hecho, por qué el profeta Daniel cuenta esta historia de un héroe que lleva su mismo nombre? ¿No se estaría tirando el rollo el profeta sobre sus propias aventuras amorosas?.

A mí, personalmente también me da que pensar la actitud de Susana, que ante la pretensión de los viejos se lo piensa y no dice un no rotundo, sino que sus “aprietos por todas partes” le hacen valorar la conveniencia de tirarse a los jurásicos o no hacerlo, pero no por lo que diría su marido, sino por lo que pensaría su dios. Ese marido es un chollo, además de rico es tonto.

En fin, que de hacer una película sobre el tema, yo le pondría diferentes finales porque la propia historia se mantiene malamente y no da para mucho más que para esbozar unas sonrisas como las que hemos pretendido mientras veíamos las diferentes interpretaciones que grandes maestros de la pintura hicieron sobre la morbosa historia de la Casta Susana, y son tantas y tan variables las escenas que los pintores han imaginado, que en buena justicia no se puede decir que nuestras dudas estén demasiado descaminadas.

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