Rafel de Penagos: El ilustrador que enseñó a las españolas a no ser gordas.

Esta frase tan atrevida no es mía, en realidad está hecha título de una crítica de Edgar Neville, quien dijo que ‘Las mujeres de Penagos enseñaron a las españolas a no ser gordas’, haciendo referencia a que el tipò de mujer que dibujaba Rafael, tan sofisticado y moderno, era el que todas las españolas tomaron en su momento como ideal de belleza.

Penagos nacido en Madrid, en 1889, estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (que es como se llama la Academía de Bellas Artes en Madrid), en la Calle Alcalá, en la que fueron profesores suyos dos buenos ilustradores que también trabajaban en la revista Blanco y Negro: Antonio Muñoz Degrain y Emilio Sala.

Hacía solo unos veinte o treinta años que los pintores y profesores de Bellas Artes podían trabajar para industrias gráficas y publicar sus obras en revistas, pues las imprentas ya podían reproducir las pinturas a través de sus prensas xilográficas (con plancha de una piedra cuya única cántera estaba en Rusia y pronto se agotó, con lo que hubo que variar la técnica de la xilografía, recordemos las dificultades que tuvieron que sortear los ilustradores de la primera generación de ‘pintores para imprenta’, precísamente los anteriores a Penagos, como Jules Cheret o Henry Toulouse-Lautrec).

Penagos dibuja y pinta, ilustra y hace cuadros, los dibujos son realizados con lápiz, pluma o carbón y cuando los colorea utiliza para las ilustraciones acuarela y gouache sobre cartón, aunque a veces también usa tinta de color. El óleo sobre lienzo lo trabaja menos, pero cuando hace paisajes es genial. Mira estos cuatro paisajes de Don Rafael:

Este primero parece haber sido coloreado por Sorolla, con la técnica moderna de llenar de color toda la superficie del lienzo antes de dejarlo dormir, y por supuesto tras haber desterrado el color negro de la paleta del pintor, tal como nos enseñaron los impresionistas franceses.

En esta alameda también podemos notar cierta influencia de las sombras de Manet, conseguidas con esas bestiales pinceladas de sol en la tierra

Esta acuarela del paisaje de un puente tiene, sin embargo más regusto centroeuropeo y nos recuerda lo que hacían entonces los pintores alemanes. El virtuosismo de su dibujo es evidente no solo en la composición general, pero no lo es menos su manera de manejar las aguadas de color para hacer los árboles a la manera holandesa, o para resolver la vega del rio con trazados tan sueltos y espontáneos.

Y en esta alberca de cipreses, resuelta con óleo, volvemos a nuestros Fortunys, a la iluminación atrevida, a los reflejos del agua que definen toda la imágen, a la perfecta perspectiva de un solo punto de fuga. ¡Perfecto Penagos!

Tras el Modernismo y el Art Decó que llenaron Europa de refinadas formas de ninfas sugerentes y de ideales etéreos, como las que podemos ver en nuestro post sobre Alphons Mucha, llega a España la Belle Epoqué, una temporada que en otros lugares se llamó ‘Los Felices Años 20’, producto de un remanso entreguerras en la que los intelectuales tuvieron ocasiones de departir e intercambiar y por ello las ciudades ebullían con nuevas propuestas éticas y estéticas y variadas actividades culturales espontáneas o libres, en el sentido de que carecían de sugerencias ideológicas ni subvenciones que las arroparan. Un nuevo ambiente se respira en reducidos círculos y éso es lo que dibuja Penagos para que lo conozca toda España:

 

A Don Rafael le gustaba mucho participar de la vida cultural de Madrid, y solía asistir a las tertulias de Valle-Inclán en el Café de Levante o a las del Café Gijón, pero también se relaciona mucho con otros artistas y participa y gana en varios de los concursos de Carteles para el Baile de Máscaras del Círculo de Bellas Artes.

En 1913, consigue una beca de estudios para ir a París y a Londres. A su regreso, empieza a desarrollar una intensa actividad como cartelista y publicista para diferentes casas comerciales. De forma paralela trabaja como ilustrador en las principales revistas del momento, como Nuevo Mundo, La Esfera o Blanco y Negro, y para editoriales como El Cuento Semanal o La Novela Corta. En 1915 vuelve a establecerse en Madrid, donde se convierte en colaborador habitual de la casa Gal, ilustra los populares “Cuentos de Calleja”, es decir los cuentos publicados por la Editorial Saturnino Calleja, que dan lugar al dicho castizo de “tienes más cuento que Calleja”.


Su estilo que va dejando atrás el modernismo para imbuirse en un creciente Art Déco, especialmente a partir de 1917, tras el impacto que le producen los Ballets Rusos que visitan la capital española. Durante las décadas de 1920 y 1930 sus colores se hacen más ácidos, su línea se vuelve más marcada y desaparece el sombreado.

 

Esto de que los pintores publicasen abiértamente sus ilustraciones no gustaba a la aristocracia, quien comenzó a llamarles ilustradores, dibujantes, o pintores de imprenta, de una manera despectiva. Atraídos por el dinero inmediato, pero también por la aparcición de nuevos clientes que todos los meses les encargaban trabajos, los pintores no dudaron en aceptar el mercado naciente de las publicaciones, aún en menoscabo de su consideración social e incluso artística. ¿O es que, acaso, existía en Europa algún pintor que pudiera imaginar mujeres tan bellas y sugerentes como estas?:

 

 

En 1925, Penagos recibe el galardón más prestigioso del momento: la medalla de oro en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París. En 1927 realiza el cartel de la película “La hermana San Sulpicio” de Florián Rey y portadas para libros de la editorial Espasa, sin olvidar la actividad docente, pues en 1935 es nombrado catedrático de Dibujo.

Durante la Guerra Civil, vive en Valencia, donde ocupa la Cátedra de dibujo en el Instituto Obrero de Valencia. Es uno de los veteranos cartelistas republicanos pero, en esos momentos, la mayoría de las revistas para las que había trabajado ya habían desaparecido. En 1948 se marcha al exilio en Sudamérica (Chile y Argentina). En 1953 regresa a España y, un año después, el 24 de Abril muere en Madrid de una trombosis cerebral.

No he hablado hasta el final de su facilidad para el retrato porque, aunque no fueron pocos los que hizo, el exceso de retratistas en nuestro país ha hecho que Penagos destacara por otros motivos. Pero Don Rafael era un ilustrador con una maestría muy considerable en todos los aspectos y las veces que se puso a hacerlos obtuvo excelentes resultados. Basten de meustra el del poeta extremeño Felipe Trigo:

O el maravilloso apunte a carbón que hizo de su hijo Rafael:

Pero sobre todo quiero destacar sus apuntes de dibujos, que con una frescura y una elegancia solo propias de él hicieron que los ilustradores españoles volvieran a atomar el pulso de la actualidad en el panorama de la ilustración europea y mundial:

 

Su coleccionista más importante es la Fundación Mapfre, con 246 de sus obras.

 

Volviendo al comienzo de este artículo, donde hablaba de los comentarios que habían merecido “las mujeres de Penagos” me encanta la glosa de sus prototipos de mujeres que le escribió José Hierro, en la que le dice:

(…)”Así es como comenzó a inventarse mujeres que no existían: llegaban oliendo a perfumes franceses, fumaban ¡santo Dios! cigarrillos turcos y egipcios; bebían cock-tails; llevaban de la mano, en lugar de barreños, raquetas de tennis (así, con dos enes se escribía); se reunían para tomar el the (así, con h intermedia, a la francesa); les deshinchó las tetas y las convirtió en senos; les cortó el pelo a lo garçon (así se escribía); las enseñó a utilizar el cuarto de baño en lugar de la jofaina. Penagos salía, cada día, a la calle, dando noticia de otro mundo, otros seres, predicando su bella buena nueva, hasta que las mujeres reales comenzaron a parecerse a las soñadas por él”.

 

Eterno Don Rafael Penagos. Los ilustradores españoles siempre tendremos una deuda contigo.

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