Los moros de Tapiró

José Tapiró (1836 – 1913)

Un pintor catalán, -amigo íntimo de Fortuny´-, de quien es España se sabía poco y se hablaba menos, hacía desde su casa en Marruecos retratos a la acuarela de prototipos de gentes marroquíes, con una técnica tan sublime y unos resultados tan maravillosos que pronto sus acuarelas comenzaron a ser muy codiciadas en todo el mundo, y mientras tanto los españolos sin enterarse de nada.

Su maestro fue el pintor de su cidad natal, Reus, Domènec Soberano. Completó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y, posteriormente, en Madrid y en Roma. Tras su primer viaje a Tánger en 1871, acompañado de su amigo y compañero de estudios Mariano Fortuny, comenzó a reflejar las escenas del Marruecos que conocieron.

Después de la muerte de Fortuny se instala definitivamente en Tánger, hasta su muerte en 1913, tras una breve estancia en España entre 1907 y 1908. Durante todos aquellos años plasmó con precisión y preciosismo escenas africanas de la época, mostrando una especial maestría en la técnica de la acuarela.

Tapiró estuvo muy influido por la pintura africanista de Fortuny, lo que se encuadraba en el romanticismo orientalista. Sin embargo su visión y técnica fueron muy diferentes, por eso no debemos agruparlos bajo el mismo epígrafe. Tapiró observaba a los retratados bajo el prisma de un antropólogo, cuidando de reflejar todos y cada uno de los detalles que delatan su carácter, posición social y aspecto.

Con sus retratos Tapiró no trataba de contarnos sus costumbres, aunque sus maravillosos ropajes, realizados con unas texturas imposibles de conseguir, con una iluminación cuidada y equilibrada y con un color específico de Marruecos, delatan al portador.

Y no son solo los extraordinarios detalles de telas y tocados, joyas y adornos varios lo que hace que estas acuarelas destaquen especialmente. La sobriedad de los caracteres personales, la placidez de los personajes y las profundas miradas de cada uno de ellos demuestran que el pintor realiza un trabajo muy complejo y muy elaborado, en el que no deja resquicios interpretativos tan propios de una técnica, que, recordemos, no puede corregirse y en la que cualquier brochazo es una mancha que permanece.

Para Tapiró cada elemento del retrato es protagonista del cuadro. No retrata a un moro mal vestido con una tela de saco raída: el suyo es un retrato de la tela de saco perfectamente armonizada en el entorno de su portador. Cada uno de esos elementos ha debido ser analizado separada y pormenorizadamente, estudiados sus volúmenes, la caída de la tela, su consistencia, las arrugas, las sombras que proyecta y las que recibe.

Y todo ello sin dejar de lado los procesos esenciales de la acuarela, los lavados del papel para conseguir superficies de color casi uniformes o degradados sutiles y suaves; Los enmascaramientos para las roturas y el frotis para evitar los trazos gruesos de pincel o lápiz que en esa época y estilo hacían perder calidad al dibujo.

Sus encarnaciones oscuras conseguidas con sombras azules frente a los ocres rojizos son prodigiosas. Es de suponer que un maestro tan refinado como don Josep conociera y usara todos y cada uno de los recursos que la técnica de la pintura de agua ponía a su disposición, desde el lápiz acuarelable hasta el resaltado de sanguina blanca o la máscara de cola líquida.

Pero no es solamente este preciosismo técnico lo que nos deja absortos ante estas pinturas, sino su atrevimiento, propio de un gran maestro que domina su trabajo, para plasmar por ejemplo un rostro negro solo rodeado por una tela blanca, lo que le obliga a ejecutar un fondo de azules que a su vez mancha de luz coloreada la cara oscura y la tela, en un alarde de equilibrio luminoso pocas veces conseguido.

La fuerte dignidad que emana de cada uno de sus personajes retratados, sostenida en la placidez que comentamos, contrasta hoy con la pobreza de los ropajes que muchos de ellos lucen. Estos son retratos psicológicos de personas concretas de cuya existencia no dudamos. Personas que no hacen nada, solo dejarse retratar, pero cuya presencia se hace tan real como si hubieran sido fotografiadas, eso sí, por el ojo fabuloso de un artista sin igual.

Así nos encontraremos frente al noble árabe que no necesita de adorno alguno para demostrar su categoría personal, pues su turbante blanco le otorga por si solo la autoridad necesaria y solo atribuible a los respetables ancianos de poblada barba, pero también frente a las bellezas de las jóvenes del norte de África recargadas de joyas y bisutería que mantienen sus rostro descubierto enarbolando la bandera de su propia personalidad.

Solo los grandes pintores son capaces de extraer en ocasiones la belleza de donde otros no podrían apreciarla, y es el caso de Tapiró que puede retratar a cualquier personaje del pueblo, por harapiento que parezca, y transformarlo en todo un ser inteligente y sereno, que transmite sensaciones de ser absoluto dueño de su apariencia y de su imagen, por más que sea todo jirones, pelo enmarañado y nariz enrojecida.

Tapiró encuentra en Marruecos una civilización muy diferente a la suya, y para desentrañarla acomete estos retratos en los que realiza un análisis escrutinizador de prototipos raciales y sociales que entusiasmaron al mundo y que hoy vuelven a ser muy altamente valorados, aunque no solo económicamente.

En este aspecto, algunas acuarelas de retratos de Tapiró fueron subastadas hace pocos años en Christie’s de Londres, con unos precios de salida que rondaban los 80 a 100 mil euros. Estos precios de salida, resultaron inmediatamente muy superados pues la voracidad coleccionista de los poderosos jeques árabes de riqueza petrolífera no deja lugar a pujas variadas.

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