Los enervados de Jumiéges

Una leyenda de venganzas medievales

1880. Óleo  sobre lienzo, 197 x 176 cms,  Museo de Bellas Artes de Rouen (Ruan), Francia.

 Esta pintura enigmática e impresionante de curioso nombre (su título original, “Les enerves de Jumiéges” no admite muchas otras traducciones), nos narra una extraña leyenda sobre los hijos del rey de los merovingios Clodoveo II, pero antes de contárosla debemos saber que el palabro ‘enervado’  significa en castellano lo mismo que en francés: “nervioso, agitado”, sí, pero también lo contrario, es decir: debilitado, postrado, exangüe o apagado, y son estas las acepciones que le van a esta truculenta historia y pintura que cuenta lo que sigue:

Corría el año 660, cuando el amigo Clodoveo había emprendido una peregrinación a Tierra Santa, como cualquier Burgundio real que se preciara. Y esto que hoy se hace en un vuelo de bajo coste, en la época era algo más que decirlo, pues había que ir a pata, de caballo pero pata, cuando no a remo de galera. Durante su ausencia, le cedió el gobierno a su hijo mayor, bajo la regencia de su madre, Batilde, confiando en que ambos se entenderían o al menos se soportarían. Pero no fue el caso, y pronto el hijo se opone a su madre y se une a uno de sus hermanos menores para conspirar contra el rey y la reina. No me preguntes cómo, pero el caso es que Clodo se entera de esta revuelta y presto regresa a Francia, asunto que no consigue antes de que su hijo logre, tampoco sé cómo, formar un ejército enemigo, alzado en armas y bien pertrechado y mosqueado. Y, lo que son estas cosas, que si una afrenta por aquí y una contienda por allá, el rey finalmente consigue triunfar en el campo de batalla y aplastar, someter y sofocar a los rebeldes, que menudo sofocón debió ser.

Decidido a hacer pagar la traición a los dos perros filiales, Clodo era más de cabezas cortadas que de desmembramientos por estiramiento, o de simples horcas u hogueras al uso. Pero Bati, como buena madre mucho más comprensiva, de hecho llegó a santa, propone en su lugar castigarlos por la quema de los nervios en las piernas, “para apagar el motor y la potencia de sus cuerpos, ya que se han atrevido a usarlos contra el rey, su padre”. Y es ahora cuando debemos entender que el término “enervar” en contraste con su significado moderno de agitar, mantiene aquí su significado original que se refiere a alguien que ha sido cruelmente “a-nervado”, a quien se le han cortado los nervios (de hecho, los tendones), y permanece apático, postrado e incapaz de caminar.

Débiles y discapacitados, los hermanos se refugian en la oración, ya que no encuentran otro refugio, y piden entrar en religión por si les dejan entrar en algún sitio. Pero sin saber en qué monasterio recluirles, Batilde piensa, lo que es el instinto maternal, construir una balsa en la que los hermanos son enviados a la deriva por el rio Sena, pues esto de tirar a los molestos hijos al río sabemos que estaba de moda desde los viejos tiempos de las Sagradas Escrituras, y es el crucial momento que recoge la pintura de Evariste Vital en la que apreciamos a los hermanos, en su enorme moises, derivando rio abajo, cabizbajos y orantes, con capilleja a los pies, o a lo que queda de ellos.

Siguiendo el cuento, la barcaza recorre a trompicones el fluvial trayecto de París a Jumièges, cerca de Rouen. Allí, san Filiberto, el fundador de la Abadía del pueblo (Jumièges), los ve y los reconoce por sus ropas, que aunque como vemos no eran muy ilustres para ser hijo de rey, menos debían ser las de los plebeyos. Es por ello que san Fili, encantado de recoger dos ánimas poco animosas se apiada, especulativamente hablando, y les recluye en la abadía donde se convierten en monjes. Más tarde, el rey y la reina, en pensándoselo mejor y en viendo que a sus edades y batallas nuevos vástagos ya no van a tener, al saber que sus hijos fueron recogidos, deciden visitar la Abadía como quien recuerda a los semovientes que los niños deben portarse bien, y ya cariñosotes, no se puede ser tan bueno, no solo le amplían el monasterio a Fili sino que legan las tierras de la comarca a los monjes, (que al ser sus hijos todo queda en casa).

Ni qué decir tiene que está históricamente demostrado que esta leyenda es totalmente falsa. De hecho, Clodo, a quien además de los historiadores papá Dagoberto y mamá Nantilde apodaban Clovis, murió joven, tanto que su primogénito nunca hubiera tenido la edad suficiente para, en su momento, oponerse a él. Además, el muy zángano, nunca se fue en peregrinación a Tierra Santa, lo que quizá propiciara su sobrenombre de “El Perezoso”. Sus hijos fueron tres, Clotario III (rey de Neustrasia), Teodorico III (rey de Borgoña) y Childerico II (rey  de Austrasia), como se ve de profesión reyes, nada de monjes “enervados”.

Sobre el pintor francés, Evariste Vital Luminais, (1822-1896) hemos de decir que hizo una versión del mismo cuadro, bastante más colorida, como si pudiera alegrarse esta historia intensificando las tonalidades, llamada esta vez “Los hijos del rey Clovis”, y que triunfó en dos ocasiones en el Salón de París con los cuadros “El vuelo del rey Grandlon” y “La muerte de Chramn”. Que os mostramos debajo, junto a otras de sus obras más destacadas.

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