La primera impresionista

Berthe Morisot (1841-1895) 

 Ayer se inauguró en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid una exposición dedicada a esta autora habitualmente relegada de manera injusta entre los pintores de su generación. Cuando los manuales de Historia del Arte enumeran los artistas que formaron parte del centro de gravedad impresionista siempre la dejan para el final: Edouard Manet, Edgar Degas, Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Camille Pissarro, Alfred Sisley, Frédéric Bazille y Berthe Morisot. Sin embargo, cada vez que se convocaba el Salón de París (la referencia principal de las bellas artes francesas) sólo tenían éxito Manet y ella, que eran invitados con cada nueva edición, a diferencia del resto de sus compañeros de generación y movimiento, lo que sin duda se debe al sexismo imperante en el mundo de la pintura y las bellas artes.

Sin embargo, Morisot ha pasado a la historia ya como la modelo de Manet, que la retrató en El balcón (1868) o en El descanso (1870), o como la mujer que se casó con el hermano del pintor. Incluso, historiadores como John Richardson han escrito sobre las malas influencias de una sobre el otro. Cuando en 1871 Manet sale de su estudio buscando luz natural para su pintura, encuentra al aire libre paisajes, marinas y escenas portuarias. Presta atención a la luz y la atmósfera. Pero la tendencia de Berthe Morisot a la suavidad, el abocetamiento y la soltura tuvieron, según Richardson, una desafortunada influencia en el estilo del pintor, que pasa entonces por un momento vacilante y ecléctico. Morisot ha pasado a la historia como la modelo de Édouard Manet. Él y Morisot se habían conocido años antes, en 1868, cuando Henri Fantin-Latour  les presentó mientras ella copiaba un cuadro de Rubens en el Louvre.

Berthe Morisot era hija de un alto funcionario y bisnieta del excelente pintor rococó Jean-Honoré Fragonard. “Morisot no se conformó con ser una pintora amateur más, tal y como se estilaba entonces entre las mujeres de su clase, sino que quiso convertirse en una verdadera artista”, explica Paloma Alarcó, jefa de conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza, comisaria de la muestra Berthe Morisot. La pintora impresionista, que permanecerá desde el martes 15 de noviembre hasta el 12 de febrero en Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid con 40 obras, entre las que se incluyen otras de Corot, Boudin, Manet, Degas, Renoir, Monet y Pissarro.

Pero no fue la única, en velada alusión, Alarcó hace referencia a Mary Cassatt, hija de un banquero de Filadelfia. Ambas mujeres trataron los temas relativos a la vida de un entorno burgués, pero Morisot fue mucho más impresionista y libre que Cassatt, atrapada en un estilo más lineal, de modelos más rígidos y puritanos que los suaves y tiernos de Morisot. A pesar de ello, en las obras más populares dedicadas al impresionismo todavía puede leerse que “a resguardo de toda preocupación económica, aunque solicitada por sus deberes de ama de casa y madre (a partir de 1878), pudo dedicarse sin impedimentos a la pintura y otorgaba gran valor al reconocimiento de la opinión pública”. “No se conformó con ser una pintora amateur más”, dice la comisaria En todos los frentes Como si contestara a todos los prejuicios acumulados contra Morisot, por su condición de mujer y rica, Alarcó matiza: “Habría que añadir que Morisot constituye una verdadera excepción a la regla, pues desarrolló una importante carrera artística sin renunciar a su papel de esposa, madre o mujer de la alta burguesía a la que pertenecía”.

En 1874, los pintores que conformaban el núcleo duro del grupo presentaron algunos ejemplos característicos de la nueva corriente artística. Degas, con sus escenas de danza y sus carreras de caballos, además de las planchadoras. Monet, paisajes y su célebre Impresión. Y Morisot llevó obras tempranas, bellas vistas de interiores atentas a las figuras humanas. Defendió con firmeza las aspiraciones de los impresionistas Por entonces su primer maestro, el ya anciano Joseph Guichard, reprochaba la transparente ligereza de sus cuadros. En su opinión, su antigua alumna no debería expresar con la pintura al óleo lo que estaba reservado a la acuarela. Tampoco vio con buenos ojos aquel viejo académico gruñón que la pintora sintiera especial interés por pintar el paisaje al aire libre.

Fue Camille Corot (1796-1875) quien hizo de maestro al natural. Si sus obras tempranas muestran un notable sentido del equilibrio y de la luz, hay que atribuírselo a las enseñanzas del pintor, a quien conoció en el año 1861, quien había empezado a visitar con frecuencia la casa de sus padres. Corot tenía por costumbre aconsejar a sus estudiantes que se rindieran ante la primera impresión: “Nunca la abandones y, al buscar la verdad y la exactitud, nunca olvides darles ese envoltorio’ que hemos ideado”, tal y como dejó escrito en un cuaderno de esbozos el maestro a uno de sus discípulos. Esta insistencia en la verdad y la exactitud y en la primera sensación recuerda a los ideales de los impresionistas.

Morisot suspendió sus envíos al Salón para unirse al grupo de los impresionistas, cuyas aspiraciones defendió con firmeza. La artista captó, sobre todo, las impresiones de una plácida felicidad familiar, reuniones íntimas o la acomodada vida de sus parientes, con un estilo cada vez más espontáneo y suelto. Prefirió los colores claros y delicados, observó con gran exactitud y se interesó por la expresión psicológica de sus modelos, como demuestra el retrato En el baile (1875), incluido en la muestra. En la selección sólo se echa en falta el delicioso Puerto de Lorient, de 1869, o El escondite, pintado en 1872, que tanto admiró Manet y que Morisot terminó regalándoselo.

Para Alarcó, Morisot otorgó al tema de la feminidad un tratamiento diferente al que hicieron sus colegas masculinos “al adaptarlo a los hechos cotidianos de la vida de cualquier mujer de su clase”. “La figura de la mujer fue sin duda la gran novedad de la transformación urbana del París de la segunda mitad del siglo XIX”, afirma la comisaria. Pero fue una mirada exclusivamente masculina. El propio Baudelaire, en El pintor de la vida moderna, ya apunta que la mujer es un ser “terrible”, un “bello animal”, el “objetivo” y “causa” de “cada artista y poeta”, “supeditada en todos los campos al hombre, sin él no es nada” “Nunca se tuvieron en cuenta las diferencias temáticas de construcción espacial de las mujeres pintoras”, reclama la comisaria. “Berthe Morisot se refugió en la intimidad doméstica, en su propia intimidad”, que sacaba sus temas de su vida diaria, de la “detallada y delicada exploración de la feminidad”.

Kathleen Adler y Tamar Garb llamaron la atención en su monografía de Morisot sobre que la vida moderna no dejaba hueco para las mujeres. Berthe Morisot, como explica Griselda Pollock, representó a la mujer como motivo pictórico, “no como objeto de la mirada masculina”.

Texto de PEIO H. RIAÑO en el diario Público

 

 

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