La belleza de la traición

 La muerte de la Princesa Tarakanova

“La Princesa Tarakanova, en la Fortaleza de Pedro y Pablo en el momento de la inundación” Constantin Flavitsky. 1867. Óleo sobre lienzo. 245 x 187.5 cms. Galería Tretyakov, Moscú.

Una bella y elegante joven se recosta sufriente sobre la pared de una celda en la que el suelo se ha inundado tanto que la cama le sirve de improvisada balsa de salvación, pero no solo a ella, sino a las ratas que se apresuran a encaramarse fuera del agua que entra a raudales por la ventana enrejada. Toda una tragedia está a punto de desencadenarse en esta escena que cuenta una vieja historia rusa, casi verídica como todas las grandes tragedias, en la que se mezclan traiciones, odios y pretensiones regias.

En 1772 una mujer de buenos modales y exquisita educación se presenta en Paris, dice llamarse Aly Emetey, princesa Vlodomir y reivindica ser la hija de la difunta emperatriz Isabel I de Rusia, muerta diez años antes, y del Conde Alexis Razumovski, con quien se casó en secreto y del que tuvo un hijo y una hija a los que se les dieron el título de Principes de Tarakanov. Hasta aquí algo bastante habitual si recordamos el más reciente caso de Anastasia y el tradicional desmadre al que nos tienen acostumbrados la corte rusa. La joven, acompañada de un par de vejestorios enamorados perdidamente de ella, porque estaba como un queso -al decir de los más-, se dispone a reivindicar el trono de todas las Rusias, pero sin calibrar adecuadamente que se enfrentaba a Catalina la Grande, quien no iba a consentir tamaña afrenta.

Expliquemos que tras la muerte de la emperatriz Isabel I, en enero de 1762 le sucedió en el trono Pedro III de Rusia, que se casó con Catalina, quien venía de familia alemana. En Julio de ese mismo año Catalina da el golpe de estado contra su marido y se convierte en gobernanta de Rusia en solitario y además su marido muere asesinado 6 meses después. El manifiesto de acceso al trono de Catalina justifica su sucesión citando la “elección unánime” de la nación. Sin embargo, una gran parte de la nobleza lo consideró como una usurpación, tolerable solo durante la minoría de su hijo, el gran duque Pablo. En la década de 1770, un grupo de nobles relacionados con Pablo contemplaron la posibilidad de un nuevo golpe para deponer a Catalina y transferir la corona a su hijo, cuyo poder quedaría restringido previamente en una especie de monarquía constitucional. ¿No era un asunto para poner de los nervios a Cata?.

Así estaban las cosas cuando apareció esta buena moza en París diciendo que era ella la legítima sucesora del trono de Pedro I, y pronto entre las gentes de la aristocracia comenzó a ganar adeptos, lo que llegó a ser oído y discutido en el Consejo de Ministros ruso y a crear cierto malestar, el suficiente para hacer que a Catalina se le hincharan las narices y se pusiera manos a la obra. Así que cuando en 1774 la Tarakanova se instala en Venecia con tanto boato que bien parece una Zarina, le llega el rumor de que el Conde Alexis Orlov, Comandante en jefe de la Flota rusa que está anclada en Livorno, ha caído en desgracia. Tarakanova pretende atraerlo para su causa, le promete todo tipo de riquezas y acepta, cacho boba, su invitación al buque insignia Ruso.

Y hete aquí el quid de la cuestión, que siempre nos dicen que un capitán de barco puede casarnos, pero nunca dicen que también puede detenernos y encarcelarnos, como máxima autoridad del territorio (el barco) que se haya fuera de sus fronteras. Así que ni corto ni perezoso en cuanto la bella aspirante a Zarina pisó el buque, acabó con sus huesos en las bodegas rumbo a San Petesburgo, donde Catalina ordenó que fuera recluída hasta su muerte, lo que se produjo en la crecida del rio Neva durante 1777, a causa de una tubercolisas de catálogo. Y todo ello le pasó por confiada.

El cuadro, que es uno de los más famosos cuadros rusos, fue realizado por un pintor menor pero de mucha fama. Sin duda es la obra más importante de Flavintsky, que fue profesor de arte en la Academia de Bellas Artes de San Petesburgo, y es buena prueba de que más vale una obra buena que cien malas, pues no disponemos de más de diez cuadros de este autor. Es tan admirado en la actualidad que sigue siendo objeto de réplicas y motivos artísticos como esta fotografía que destacamos y que está firmada por una moderna y gran fotógrafa, Ludmila Lazareva, que firma como Frida, como autoretrato.

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