Fundido a Goya

Andrés García Ibáñez

En sus cuadros existe un mensaje algo más que inquietante, sus mujeres son damas, (y putas), sus clérigos pastores (de borregos), la curia es la divina encarnación (de la corrupción), todo en un escenario surrealista y propio repleto de espectros goyescos, pero en el que lucen mitológicas escenas velazqueñas, interpretaciones modernas de mitos antiguos, o retratos a lo Sorolla de personajes comunes que nada tienen que ver con la enorme fuerza de su crítica ácida y atroz. Uno enmudece ante la pintura del andaluz Andrés García Ibáñez, no por cómo nos cuenta su mundo, sino por lo que habita en él, porque es capaz de ser el pintor español vivo que más obra religiosa tiene en el interior de los templos, pero al tiempo de mostrarse como el más descreído y herido de los intelectuales agnósticos actuales.

Nacido en un pueblo de la provincia de Almería, junto a Olula del Río, el 24 de septiembre de 1971, Andrés es un pintor español que recoge de primera mano la tradición de los grandes maestros españoles, desde El Greco a Goya, un típico pintor español, si es que entendemos por típico que ha sufrido en su figura y su pintura las penalidades que han tenido que pasar la casi totalidad de nuestros grandes de la pintura, pues el amargo carácter español  hace que las envidias y la falta de formación impregnen las críticas y los pareceres de aquellos que ven competencia o desviación del camino que quieren trazar para que la pintura avance.

Pero antes de comenzar a contaros sobre la vida y obra del almeriense Andrés García Ibáñez, debo confesar que este artículo lo teníamos pensado y semielaborado hace ya tiempo, pero  decidimos postergarlo por la noticia de la reciente aparición de un libro sobre el artista, firmado por el erudito Juan Manuel Martín Robles, (a quien damos encarecidas gracias por habernos facilitado la labor y a quien se debe mucho texto y todos los datos de este artículo), y editado por el Instituto de Estudios Almerienses, para poder publicar nuestro artículo con mayor profusión de datos y obras, y con el rigor que merece este pintorazo español.

La primeras inquietudes y el inicio de su formación artística se debe a la convivencia del pequeño Andrés con su abuelo materno José Ibáñez Fábrega, Pepe “el Pintor”, un artesano cuya compañía y consejos ejercieron sobre él una fuerte influencia: “(…) fue decisiva, si me dediqué a la pintura y al dibujo es porque él, desde el principio, me llevó por ese camino; viví una niñez tremendamente feliz gracias a mi abuelo, que me inyectó el chip de la enfermedad del Arte”

Durante sus estudios de bachillerato Andrés realizará sus primera exposición de dibujos y también se lanzará a la composición de obras propias, fuera de la formación directa que suponía la copia de obras de los maestros y de los modelos de láminas de enseñanza del dibujo como las de Emilio Freixas. En 1986 descubre a Goya: “Goya ha sido siempre mi faro y referente, el primer artista moderno y el padre de todas las audacias. Como en Beethoven, por su obra desfila toda la problemática ética del hombre y su drama existencial, contados con una poética y fuerza expresiva plenamente contemporánea”.

Fue en 1989 cuando en las instalaciones de Cajalmería expone sus primeras producciones artísticas, lo que estuvo apadrinado por D. Bartolomé Martín, y esta muestra, en la que se vendieron casi todas las obras, fue lo que le detrminó a continuar por el camino del arte, pero “Ya en aquella primera exposición aparecerá un grupo de pintores de Almería que se manifiestan en contra de mi pintura, de mi particular forma de afrontar el arte. Que llegase un chico joven que pintase bien, y como los antiguos, siguiendo la senda de la figuración, no fue bien aceptado”

Durante sus estudios de arquitectura en Pamplona, Andrés acomete un proceso de madurez que le hace alejarse de las creencias cristianas y sumergirse en una frenética actividad artística que pronto haría llegar su nombre a espacios internacionales. En 1991 publica su primer libro: “Hablando de Goya: apariciones y desdibujos” en el que realiza un profundo análisis de la obra del genio de Fuendetodos, pero además su actividad pictórica se intensifica y sus contactos con expositores y personas influyentes en el ámbito nacional del arte se multiplican.

Realiza también aquel año una serie sobre la Semana Santa Almeriense que obtuvo un gran éxito popular en la que se atisban loas primeras influencias barrocas en su obra. Sigue Andrés plasmando la estética de la Semana Santa a pesar de que no es el aspecto religioso, sino el plástico, lo que le interesa de este fenómeno social, y al tiempo acomete la realización de la bóveda de la Ermita de la Esperanza, pero ello hace que una serie de artistas locales continúen con sus críticas hacia este gran pintor, entonces aún en ciernes.

En 1995 Andrés da por clausurada su etapa de formación clásica cuando presenta un lienzo de gran formato llamado ‘La infancia de Baco’ o ‘Los Baquillos’, una obra de temática mitológica y  fuerte influencia velazqueña que superaba con mucho a cualquiera de las obras que antes había realizado. En ella destaca el colorismo con el que consigue una luminosidad que solo antes encontramos en Sorolla y una especial composición de las figuras en torno a la del joven Baco sentado en el centro. “A partir de aquí cambié, este cuadro fue el final de una etapa muy clásica, que es la de mi formación”.

En ese mismo año de 1955 realiza Andrés otro cuadro de muy diferente factura y que supone el comienzo de su nueva etapa, inmerso ya de pleno en el arte contemporáneo actual, “El jardín de las bacantes” una obra claramente inspirada en “Las Meninas”, pero también de fuerte componente de la obra de Courbet “En el estudio del pintor” y de la que el propio autor nos ofrece una amplia y muy ilustrativa explicación: “El jardín de las bacantes representa -objetivamente- algo distinto de lo que su título parece indicar. Aparentemente vemos un instante de vida en el taller del pintor. Allí está, rodeado de sus musas, de todas las modelos que le sirvieron de inspiración. Es un momento distendido en el que los personajes conversan y ocupan relajadamente la estancia. Sin embargo el interés del cuadro va más allá de lo que percibimos en esa primera lectura visual de la obra. El Jardín es un cuadro balance de varios años de mi pintura y de mi vida. De una parte todos los personajes que allí habitan están  representados según un papel determinado; son actores que representan una obra muy concreta: sus vivencias con el pintor bajo el punto de vista del propio pintor. De otra hay un resumen evocador de mis preferencias pictóricas, de mi discurso en estos últimos años. Es el ejercicio completo de mi devoción por los clásicos. (…). ¿Y Velázquez? Otra vez, por supuesto Don Diego gravita siempre allá donde esté un pintor, ‘Las Meninas’ es el cuadro. Muchas veces he pensado que siempre que acometemos el colectivo humano en un interior estamos haciendo una variación de la gran obra velazqueña.(…) Baco de nuevo es el símbolo de nuestra sensualidad mediterránea, de nuestra vida en eterno verano. En “El Jardín”, Baco da nombre a la obra y justifica la vuelta a los ritmos clásicos de la composición pictórica de raices grecorromanas.(…) Si bien en un primer momento su estructura nos evoca la composición velazqueña, un análisis de la distribución de las masas nos permite observar hasta qué punto un desequilibrio exagerado se puede transformar en exacta compensación en virtud del papel representado por los objetos inanimados que figuran en la obra. Se trata, creo, de un tour de force compositivo que supuso para mí un auténtico reto”.

 Si en 1995 firma los encargos religiosos de la catedral de El Salvador, en 1997 inaugura la Casa de Ibáñez, que posteriormente se convertiría en su museo. Los primeros lienzos religiosos deben adelantarse por la visita del Papa al país sudamericano y las diferencias con la Comisión de la catedral se acentúan y hacen que la relación con el artista sea casi insoportable. En 1998 pinta Andrés la cúpula de la Catedral de El Salvador, pero el contacto con la pobreza en la que vive aquel país produce su alejamiento definitivo de los conceptos religiosos que hasta entonces habían anidado en su interior.

 A su vuelta a Madrid, Ibáñez inicia su serie sobre los mitos femeninos, y regala a Unicef una serie de  veinte cuadros que ha realizado en Centroamérica. Practicamente desde entonces abandona la obra de temática religiosa y su visión y actividad personal dan un giro de 180 grados. En 1999 su desacuerdo con la situación del arte en Almería se hace patente y público con motivo de la exposición “Diversiones y Costumbres” con cuyo motivo escribe “La presente muestra ha nacido en un tiempo de enrarecidas y oscuras vibraciones en torno a mi trabajo y a los que aprecian mi obra, motivado en parte por los nuevos y desbocados golpes de ciego, hijos de la feroz envidia, que una vez más enarbolan aquellos para los que la modernidad se encuentra en lenguajes de la primera mitad de este siglo y en el rechazo a las conquistas estéticas de los grandes maestros, elaboradas durante centurias”

 En 1999 firma Ibáñez un contrato con la Halcyon Galery inglesa, que pronto le proporciona encargos de importantes personajes londinenses, lo que marca el trabajo de la primavera de aquel año en el que por otra parte realiza un viaje iniciático junto a Rita Casanova por Italia, lo que después tarerá diversas consecuencias en sus futuras series pictóricas, como la producida por la visita que realiza al vaticano y que nos cuenta así: “Nos encontrábamos en la Capilla Sixtina, inmovilizados dentro de una marea humana – turba de turistas- que elevaban sus miradas hacia los esplendores del techo pintado. En medio del sofoco del mes de Julio, aumentado por el contacto con los cuerpos, asistimos a un hecho esperpéntico; un vigilante de seguridad se abría paso a empujones desde una esquina de la sala hacia la otra. Su objetivo era amonestar a una chica que llevaba una camiseta de tirantes y no se había cubierto los hombros para acceder a a capilla. Bajo aquella explosión de cuerpos -carne por doquier- pintados por el florentino quinientos aos antes, la iglesia actual pedía cubrirse a los visitantes. El episodio me sugirió el tr´ptico ‘Pecado’ que pinté nada más volver. En él, una Eva moderna, desnuda y enmascarada, ofrece sus manzanas a dos obispos. Uno de ellos, que ya ha sucumbido a la tentación, devora con ansia una de las manzanas; el otro -que porta las tablas de la ley- desaprueba la escena, iracundo y exaltado”. 

En 2002 y 2003 desarrolla su series sobre Venecia, en las que nos muestra profundas reflexiones históricas, sociales y morales a través del icono del disfraz y su significado, como leif motiv de la transgresión y símbolo de la ciudad de los canales y de sus pecados. En esta serie tan original, tal como podemos apreciar en la obra “El poder se divierte”, se observa la representación de un poder corrupto y genuflexo, doblegado “ante aquello que condenan, persiguen y critican de manera incendiaria. Una autoridad que, independientemente del poder representado, civil, social, moral o eclesiástico- reverencia, oculta tras la máscara y la pose forzada, la sensualidad femenina y los placeres eróticos“.

 

 Toda la serie de cuadros venecianos fue expuesta en sucesivas ocasiones en Andalucía, y luego viajó a Londres donde se vendieron todos los cuadros salvo los diez que el propio pintor reservó para ser exhibidos posteriormente en la Casa Ibáñez, que quedó inaugurada oficialmente en noviembre de 2004. A pesar de las buenas palabras de los políticos de la Junta de Andalucía sobre las sucesivas ayudas e incondicionales apoyos que prestarían al Museo Casa Ibáñez, la realidad es que ha sido el propio artista quien ha cargado con el mantenimiento y la gestión del Museo, y que solo gracias a él puede contemplarse aún hoy abierto al público. Pero ello ha supuesto un serio revés para la actividad artística del maestro, quien desde entonces ha desarrollado completamente solo dos series más de cuadros, “Putrefactos ” y “Maried”, esta última exclusiva para el mercado británico, en el que su acogida y consideración son cada dia mejores. 

En los últimos tiempos, el artista se ha visto tentado de representar diferentes naturalezas muertas apartadas del concepto clásico de bodegón y más cercanas a los precedentes estéticos que se encuentran en Rembrandt, Goya o Francis Bacon, tal como esta “Vaca desollada en canal” con una temática en la que Ibáñez afronta la muerte biológica, una idea obsesiva en los maestros clásicos y que también se ve en otras series anteriores de Andrés García Ibáñez y que a buen seguro aparecerá en otras nuevas obras que esperamos con ansiedad.

Museo Csa Ibáñez

Andrés Garcia Ibáñez

http://www.museocasaibanez.org/

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