El hombre más guapo del mundo

Antínoo. Museo del Prado.
Esta preciosa escultura que os presento hoy es el busto de Antínoo que se conserva en el Museo del Prado. No es la única talla de Antínoo que hay en el Prado, ni mucho menos la única que se conserva en España, y ni siquiera es la mejor de las que se conservan en el mundo, pero es muy significativa por varias razones:

La primera de ella es que, aunque parece entera, está hecha polvo, reconstruida con múltiples añadidos, lo que lejos de ser una excepción, sucede en prácticamente todas las esculturas antiguas, algo prácticamente desconocido por el gran público. Y por ello a los escultores de piedra se nos sigue siempre preguntando ¿Y si de un martillazo rompes la pieza?, a lo que la respuesta es: Pues no pasa nada, la pegamos y seguimos haciendo… nuestro puzzle.
Pero que no es porque yo diga que está hecho polvo, veamos despacio cómo la describe el catálogo del Prado en cuanto a su estado de conservación:
“Mármol Blanco de grano fino con pátina de manchas entre amarillo y marrón en la zona del pecho. Añadidos: La nariz, el labio superior e inferior. El hombro derecho con la axila y una parte del pecho. La punta del bucle central encima de la raíz nasal, el rizo triple delante de la oreja derecha, la punta de un rizo en la sien izquierda.
La ceja izquierda y el busto están dañados. Algunas partes han sido reparadas con yeso.
El Mármol presenta una fisura encima de la mitad derecha del pecho; la marca semicircular de la mamilla derecha posiblemente sea moderna.
La cara ha sido muy limpiada y el cabello presenta restos de pintura marrón.”
En fin, lo que en un primer vistazo viene siendo esto:

Fuera aparte, solo tiene un pezón, por lo que lo suponemos añadido posteriormente
Sin embargo, sigue siendo bello, muy bello, y digo que sigue siendo porque Antínoo pasó durante varios siglos por ser el hombre más guapo que había pisado la faz de la tierra.
Este jovencito fue el amante del emperador Adriano con quien mantuvo una relación pederasta desde que se conocieron, siendo solo un efebo, hasta que murió ahogado en las aguas del Nilo, en unas circunstancias que no llegamos aún a entender, dando lugar a una de las más intrigantes y apasionadas historias de amor, entre dos hombres, de las que hemos conocido a lo largo de la historia.
De Antínoo sabemos poco, muy poco, aunque algo que sí conocemos de él es su rostro porque a su muerte Adriano pretendió divinizarle y entre otros recuerdos encargó que se le hicieran mil estatuas. Por eso conservamos hoy muchas de ellas, como este busto que comentamos hoy, bastante parecido al mejor de todos, el del Louvre, al que llamamos el “Antínoo de Villa Adriana” porque es en la Villa de Adriano donde se encontró:

Antínoo de Villa Adriana. Museo del Louvre.
Sí sabemos mucho más de Adriano que de Antínoo, como es lógico. Adriano era sevillano de Itálica, de madre Sevillana, homosexual desde jovencito, lo que entre las familias tan ricas e influyentes de la bética, como la suya, en aquella época no estaba bien visto, pero sí permitido. Quizá por esta homosexualidad rechazó varias tempranas pretendientas romanas que podrían haberle facilitado el acceso al trono imperial, lo que solo consiguió gracias a ser el sobrino favoito y ahijado del emperador, y tras bastantes intrigas. Todo muy normal. Lo que no era tan normal era lo de su barba, que se llevaba entre los soldados, gladiadores y forzudos, pero poco más, desde luego jamás entre patricios. Sin embargo Adriano la puso de moda, fue el primero que se la dejó y a partir de entonces fueron legión los altos funcionarios que lucieron sus rostros poblados de espesas matas de pelo:

Busto de Adriano. Museo Capitolino.
Durante toda su vida, Adriano aspiró al ideal de vida griego. Según la visión que del mismo tenían los romanos, de este ideal de vida formaba parte la pederastia, en la cual el hombre adoptaba el papel de mentor del niño en todos los aspectos de la vida. La tradición cristiana y la interpretación moderna de la pederastia la reducen generalmente a su componente sexual, que evidentemente existía, pero que no era lo más importante. Por otro lado, se sabe que el emperador estaba muy descontento de su matrimonio con su esposa Vibia Sabina, que le era infiel con el historiador Gayo Suetonio Tranquilo, al que el emperador desterró con cierta desgana por lo público de sus cuernos. Todo lo cual explica que durante los escasos años de relación y vida en común entre el erómenos (menor) y el erastés (mentor) se generara un amor tan intenso, tan pasional y tan público que pronto todo lo referente a él se convirtió en leyenda, como el “rapto de Antínoo por Adriano”, que es como se conoce a la escultura de Arquímedes y Patroclo, otras de las parejas gays más famosas de la historia:
Y también pasó a ser leyenda el propio Antínoo esculpido de mil y una manera y apariencias:

Antínoo como Osiris

Antínoo como emperador.

Antínoo como Dios Silvano.
Bueno, sirvan de ejemplo estas pocas imágenes, aunque cabrían muchas otras, de la excelsa exageración sobre el culto y la deificación que se ejerció sobre este pobre chico cuya belleza conquistó al emperador, hasta el punto de convertirse en un canon estético que siempre ha dominado al efebo juvenil e inocente, a partir de quien, quizás, pudo ser uno de los modelos más bellos de su momento, pero también más trágico.