Las Musas, esas desconocidas.

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El poeta Hesiodo nos contó que durante nueve noches consecutivas Zeus y Mnemósine tuvieron nueve hijas, así que si alguna vez has presumido de potencia amatoria y reproductiva, acuérdate de esta pareja. Mucho tiempo después Platón las hizo mediadoras entre los dioses y los creadores intelectuales, de ahí que hoy las consideremos parte fundamental de la inspiración en el proceso creativo.

Al principio solo se conocían tres, pero en la época tardohelenística (allá por los finales del siglo III o principios del siglo II antes de Cristo) ya eran nueve, y se les consideraba diosas individuales favorecedoras de alguna de las artes clásicas, aunque esas artes clásicas nada tienen que ver con las bellas artes actuales, sino que entonces solo se consideraban como tales a la elocuencia, la poesía épica, la historia, la elegía, la música, la tragedia, la retórica, la comedia, la danza, la astronomía y la astrología.
Hoy podemos contemplar en el Museo del Prado, en una sala de paredes enrojecidas por un precioso estuco pompeyano, a las mejores ocho musas que se conocen. Las usaba Cristina de Suecia para que la rodearan cuando se sentaba en su Trono haciendo que ella misma tomase el papel de la novena, (Melpómene, la musa de la tragedia, a la que se representa con una corona y una espada, o bien con una máscara teatral de tragedia). ¿Te imaginas a Cristina de Suecia sentada en su trono y vestida con falda larga, blusa ceñida y chitón, frente a una estatua de Apolo que había en esa misma sala, comportándose como si ella misma fuera una musa griega? Pues lo hacía, aunque cueste imaginar a esa mujercita, fea como ella sola, machunga y tirana, aunque también culta y refinada, comportarse como la misma Livia.
Yo, te lo digo, estos barrocos a veces eran de lo más decorativos.
Estas preciosas estatuas aparecieron en la Villa Adriana, en el teatro griego de su Academia en las excavaciones que se hicieron durante el reinado del Papa Borgia Alejandro VI, en torno al año 1500. Ya sabíamos que Adriano, el sevillano, no era muy de cortarse en sus placeres, pero en este caso nos demostró una vez más que podía alcanzar con facilidad los límites del refinamiento, pues la datación de las esculturas coincide con los tiempos de su imperio.
Hoy sabemos que, cuatro a cuatro, se hicieron en dos talleres diferentes, pero en la misma época, en el segundo cuarto del siglo II antes de cristo, porque todas ellas levantan un poco el hombro y giran el torso levemente, saliendo así del plano frontal, lo que solo comenzaron a hacer los escultores en aquel momento, porque al final del periodo helenístico se produjo en la escultura, (también en la pintura, muy casualmente ya que nunca han evolucionado juntas), un auténtico desmadre un poco romántico, un poco barroco, un poco… indefinible.
Pues bien, ya digo que posiblemente estas esculturas de diosas sedentes, (y las llamo así porque siempre se representaban a las musas sentadas sobre las rocas de los montes que rodeaban al Olimpo), fueran encargadas por el mismo Adriano, y fueron recopiladas por la reina de Suecia, toda vez que la reina fea gustaba de gastarse enormes sumas del dinero público en frecuentes caprichos culturales durante los escasos cuatro años que duró su reinado, que luego abdicó voluntariamente y tras ello se pasó media vida intentando volver al trono.
En estas que el rey español Felipe V le compró a la de Suecia su colección de esculturas para decorar el Palacio de La Granja, y se trajo a España un tesoro cultural de primer orden, y en casi perfecto estado, ya que fue restaurado todo él por los principales alumnos de Bernini, sobre todo por Cartari, Nocchieri y Ferrata. Bueno, esto de perfecto estado es mucho decir, ya que inicialmente se encontraron casi destrozadas todas ellas y luego todo depende del criterio diferente que en cada época se tiene de lo que es el “perfecto estado” de una obra escultórica, pero al menos en el excelente estado en el que se exhibían en el Palacio Riario de Doña Cristina, junto al Vaticano, entre columnas de mármol y sobre los pedestales barrocos tan labrados e incrustados como los que hoy podemos ver en La Granja.
Tal como las vemos hoy en día, la mayor parte de ellas han sufrido tres restauraciones: La primera por parte de los alumnos de Bernini, normalmente de corte clásico, intentando acercarse al modelo romano. Pero luego, ya en El Prado, Valeriano Salvatierra intervino sobre ellas y lo mejor que podemos decir ahora de aquellas intervenciones es que mejor hubiera sido que se hubiera estado quietecito. De ahí que todas necesitaran una tercera restauración.
Bueno, pero dejemos su historia y veámoslas una a una en el orden en el que nos las muestras el Museo del Prado, cuando las vemos de frente, de izquierda a derecha:

La Musa Clío

La Musa Clío.
Es la musa de la historia. Sus diferentes representaciones artísticas son una corona de laureles, un libro o un pergamino, una tablilla, un estilete y un cisne. Sobre todo ha tenido dos tres grandes restauraciones en su dos brazos. La primera por los alumnos de Bernini, la segunda por Valeriano Salvatierra y la tercera por Eduardo Barrón, que fue un escultor y restaurador excelente.

La Musa Tepsicore

La Musa Tepsicore
Es la musa de la danza. Se la representa con un instrumento musical de cuerda: una viola o una lira. Esta escultura llegó mutilada, como las demás musas, a la colección de Cristina de Suecia, quien ordenó añadirle la cabeza, el brazo derecho y la mano izquierda, y completarle el pie izquierdo y la lira. A su llegada al Museo del Prado, Salvatierra impuso sus gustos neoclásicos y puristas quitándole la cabeza, la mano izquierda y el brazo derecho y así permaneció hasta 1935. En este año se decidió ponerle una cabeza y, en vez de buscar la realizada para ella en el siglo XVII, se le colocó la que habían realizado los restauradores de Cristina de Suecia para la musa Euterpe, que es la que luce en la actualidad.

La Musa Calíope

La Musa Calíope
Musa de la elocuencia y de la poesía épica. Sus diferentes representaciones artísticas son una corona de laureles, un libro, una tablilla, un estilete y una trompeta. Es de las más afortunadas, en cuanto que casi escapó de las manos de Salvatierra. Tiene una cabeza antigua, pero de una Afrodita. No sabemos de cuándo es su restauración definitiva, pero sí que a principios del XVIII ya le faltaban sus brazos.

La Musa Urania

Musa Urania
La musa de la astronomía y de la astrología. Es representada habitualmente con un compas, con una corona de estrellas y con un globo celeste. Es de las que menos calidad tienen, parece una copia simplificada de la Musa Calíope. De acuerdo con su personalidad mítica, a la figura se le puso en el siglo XVII una cabeza inclinada, en actitud de contemplar los astros, y dos atributos característicos: la diadema con estrellas y la bola del Universo.

La Musa Erato

La Musa Erato.
Es la musa del arte lírico de la elegía. Sus representaciones artísticas con una lira, una viola y un cisne. La intervención sobre esta estatua ha sido muy drástica por parte de los restauradores barrocos de Cristina de Suecia, y mortal por parte de Salvatierra. Durante muchos años estuvo sin el Eros acompañante, y sin el arco y las flechas y otros atributos que se perdieron.

La Musa Talía

La Musa Talia.
La musa de la comedia. Normalmente se la representa con un instrumento de música (generalmente una viola), una máscara cómica y un pergamino. Como solo hay 8 de las nueve Musas, siempre había la confusión de cuál era la que faltaba, y el debate se centraba entre las dos que representaban el Teatro (Melpómene para la tragedia, Talía para la comedia). La reina Cristina de Suecia quiso cambiar la identidad de esta estatua y a ella se le colocó una cabeza que es su retrato, y que casualmente es la que conserva hoy, a pesar de que durante muchos alos estuvo descabezada ya que Salvatierra hizo sus estragos sobre ella.

La Musa Polimnia

La Musa Polmnia.
Es la musa de la retórica. Se representa con un gesto serio y con un instrumento musical (normalmente un órgano). Como todas las piezas del ciclo, se encontraba muy mutilada, y así la dibujó Heemskerck en el siglo XVI, hasta que Cristina de Suecia ordenó colocarle la cabeza, los dos brazos y buena parte de la roca sobre la que se asienta. Quedó así convertida en una viva representación de la inspiradora de la pantomima y de los himnos a los dioses, y su imagen fue reproducida sin variaciones por Maffei, Montfaucon y el dibujo del Cuaderno de Ajello. A su llegada al Real Museo, Valeriano Salvatierra acabó con el inspirado aspecto de la figura: le quitó el brazo derecho (hoy perdido) y sustituyó la cabeza barroca por otra neoclásica de envaradas facciones. La cabeza rechazada acabaría sobre el cuerpo de la musa Talía. En octubre de 1998 se le realiza una limpieza y se le sustituye la cabeza neoclásica por la barroca, que había sido colocada en 1935 sobre la musa Talía.

La Musa Euterpe

La Musa Euterpe.
Es la musa de la música. Su representación artística suele ser una flauta. Fue mandada restaurar por Cristina de Suecia y desde entonces quedó con el aulos o flauta doble en las manos, con una cabeza alegre y muy elaborada, y con un pequeño Eros al lado, a su vez portador de dos flautas y con un arcos a los pies. A su llegada al Prado se le hicieron, como al resto del grupo, una serie de reformas radicales, sin duda por Valeriano Salvatierra, quien decidió quitarle la cabeza y colocarle otra nueva, de estilo neoclásico y de notable calidad, que es la que actualmente ostenta. Por motivos estéticos o por roturas ocurridas en el transporte desde La Granja, se le sustituyó también el brazo derecho, conservado aún en el Prado, y ambas manos. En cuanto al Eros, lo separó y convirtió en una escultura independiente. Muy pronto perdió sus alas, su arco y buena parte de sus brazos.
Así que ya ves que es casi milagroso que esta pandilla de jovencitas puedan tener un aspecto tan jovial tras más de veintidos siglos de existencia y de fuertes vicisitudes a lo largo de su historia. Y de esta ajetreada vida como estatuas, podemos extraer dos claros mensajes: El primero es que las estatuas son atacadas, sobre todo, por el hombre. La segunda es que, muchas veces, ese hombre es un restaurador de estatuas.