El primer gran pintor negro

Henry O. Tanner (1859-1923)

Henry nació en 21 de junio de 1859, en Pittsburgh, Pennsylvania. Era hijo de Benjamin Tucker y Sarah Miller Tanner. Mientras que su padre fue un maestro con estudios universitarios que posteriormente se hizo pastor de la Iglesia Metodista Episcopal Africana, su madre era miembro de una familia de esclavos sureños que la habían enviado al Norte. Así que Henry Ossawa nació en una distinguida familia afroamericana, en la época en la que, casi, aún los afroamericanos no eran consideradas personas. Le esperaban, por tanto grandes penalidades debidas a la discriminación racial.

Desde muy joven, Henry mostró evidentes signos de talento artístico, pero parecía carecer de dirección. Pintaba de todo, desde puertos marítimos a estudios de biología animal en el Zoológico de Filadelfia. El joven se había propuesto ser pintor desde que vio trabajar a un artista en un parque cerca de su casa, pero sus padres no veían con buenos ojos los deseos de su hijo. Tanto fue así que para desalentarle su padre le obligó a trabajar durante un año en el molino de un conocido como aprendiz, pero la dureza del trabajo hizo que el débil y enfermizo muchacho se resintiera más de lo esperado y cayera gravemente enfermo. Ello hizo que sus padres cambiaran de opinión y cedieran a las pretensiones de su hijo, quien durante los años de su juventud se dedicó a visitar cuantas galerías de arte y pintores menores de Philadelphia pudo encontrar.

Pero después de inscribirse en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania en 1879 a la edad de veintiún años, encontró la orientación necesaria de la mano del aclamado artista y profesor de la Academia Thomas Eakins, del que era el único estudiante afroamericano.  Tuvo entonces una suerte muy especial al encontrar a este maestro, que era uno de los más avanzados del mundo en la enseñanza del arte, ya que acostumbraba a sus alumnos a trabajar del natural, en lugar de retratar a los maniquies de muecas que se usaban hasta el momento. También incidía severamente en el aprendizaje de la anatomía humana, para lo que practicaba disecciones anatómicas sobre cadáveres. Sin embargo, en lugar de ser un maestro placentero al uso, sus juicios sobre los trabajos de sus alumnos eran implacables. Tanner recuerda una anécdota de su maestro particularmente memorable:

“El Sr. Thomas Eakins … me hizo una crítica que me ayudó a continuar con mi trabajo, pero tambien a aprender a abandonar lo inválido. Yo entonces había dado unos primeros pasos en un estudio, que no era del todo malo, (muy probablemente lo mejor que había hecho nunca). Me alentó, pero, en lugar de trabajar para hacerlo mejor, me dijo “Me temo que debes destruir lo que has hecho”, y bueno… realmente no hice nada el resto de la semana. Él estaba disgustado. ‘¿Qué has estado haciendo?, me dijo, ¿Has conseguido mejorar o ir a peor?, piensa que no se puede poner tierra de por medio frente a un compromiso como el de la pintura”.

A pesar de asistir a la Academia y de haber avanzado significativamente en sus habilidades artísticas, Tanner todavía debería luchar para ser considerado como artista durante la siguiente década, ya que le resultaba difícil reunir la financiación suficiente y el apoyo para pintar profesionalmente en los Estados Unidos.  Tras ver cómo algunos de sus amigos blancos de la Academia de Pennsylvania se marchaban a Europa a estudiar arte, Tanner decidió que tenía que hacer lo mismo. Consciente de su deseo, Joseph C. Hartzell, que en adelante fue uno de sus principales mecenas, del que Tanner se hizo amigo en Atlanta cuando intentaba ganarse la vida con un estudio de fotografía, compró todas las pinturas de una de sus exposiciones en Cincinatti para que pudiera al menos conseguir suficiente dinero para llegar a Europa. Tanner llegó a París en enero de 1891 y se matriculó en la Académie Julian, (de la que tantas veces hemos hablado ya en elDibujante.com), donde se benefició en gran medida de la exposición a los círculos de artistas y de la influencia de sus compañeros de estudios. También significativo fue la renovada conciencia de Tanner de la importancia del prestigioso Salón de París, ya que le dio un objetivo concreto para luchar como artista: “Aquí había algo para trabajar: obtener una imagen como artista en el Salón”.

Henry Tanner, destacado el cuarto de la fila superior, por la izquierda, junto a sus compañeros de estudio en la Academia San Julian en 1890.

El primero de los envíos de Tanner para el Salón, La lección de Banjo (1893), fue una obra que pintó en Estados Unidos, pues había regresado a su hogar durante un año para recuperarse de las fiebres tifoideas. La lección de Banjo , una pintura de aparente pero falsa simplicidad, se erige como una de las más famosas pinturas de Tanner hoy, debido a la ternura y la seriedad que desprende y que no era visible en las representaciones artísticas de los afro-estadounidenses hasta ese momento. Representa a un músico enseñando a tocar el banjo a un niño, ambos aparecen ensimismados en su tarea, tan abstraídos del exterior que sus figuras parecen destacarse del entorno mediante un ingenioso artificio lumínico pues esas figuras están bañadas por dos fuentes de luz, una fria, procedente de una ventana exterior de la habitación y otra más cálida que parece venir de una lumbre en la parte derecha de la pintura, entre ambas fuentes se produce un juego de luces en las figuras centrales del cuadro que las destacan sobre el entorno y se consigue así acentuar las diferentes realidades que el pintor plasma en el cuadro.

La discriminación racial es claramente la principal motivación personal de Tanner para pintar sus cuadros, algo también novedoso pues no podía hablarse de un género afroamericano: “En mi mente muchos de los artistas que han representado la vida de los negros sólo han visto el lado cómico, la parte absurda de la misma, emanan simpatía pero les falta afecto por la calidez de sus corazones dentro de esa vida áspera”. A pesar del mensaje social de la pintura y de su notoriedad actual, La lección de Banjo no recibió mucha atención del mundo del arte de París, aunque ganó una mención de honor en el Salón y hoy es una de sus pinturas más cotizadas.

Ese mismo año de 1893 se casa en Pitsburg con Jessie Olssen, ¡una cantante de ópera blanca! con la que decide asentarse definitivamente en Francia.

Hubo otras pinturas muy notables de ésa época, como “La lección de gaita” que os mostramos a continuación, pero para lograr su objetivo de conseguir el éxito en el Salón de París, Tanner reduciría a partir de ese momento la pintura de otros géneros en  favor de la pintura religiosa.

De hecho Tanner encuentra el éxito del salón y la aclamación de la crítica por su obra religiosa con la Resurrección de Lázaro (1896) que se encuentra entre sus primeros y más exitosos pinturas religiosas. El mundo del arte convencional aprecia su obra religiosa tanto, que no sólo exhibe a Tanner anualmente en el Salón hasta 1914, sino que el gobierno francés también compró varias de sus pinturas por grandes sumas de dinero. La razón de que sus pinturas religiosas fueran tan apreciadas es la misma razón por la que sus pinturas afroamericanas son notables hoy: representaciones humanistas de sus figuras y el uso de una iluminación dulce y suave.

Poco después de que Tanner obtuviera el éxito como pintor religioso, su amigo y mecenas Rodman Wanamaker financió al artista dos viajes en 1897 a Palestina y 1898 a Jerusalem para pintar en Tierra Santa con el fin de prestar “más autoridad a las pinturas religiosas”. Su  pintura más famosa, fruto de estos viajes, fue La Anunciación (1898), que es el ejemplar en el que Tanner plasma de una manera más completa sus estudios sobre la luz.

En 1908 su primera exposición individual de pinturas religiosas en los Estados Unidos se llevó a cabo en las Galerías de Arte Americano en Nueva York. Dos años más tarde, Tanner fue elegido miembro de la Academia Nacional de Diseño. Tanner seguirá pintando obras religiosas objetos de éxito internacional hasta su viaje a Tánger, pero poco después de su viaje de Marruecos, debido al advenimiento de la Primera Guerra Mundial se interrumpe su vida en Francia. Él y su familia huyeron a Gran Bretaña donde estuvieron unos cuantos años, y allí Tanner mostró tener el espíritu de un héroe pues contribuyó como teniente de la Cruz Roja Americana, ayudando a producir alimentos para las bases militares y hospitales, mientras pintaba algunas escenas de la guerra.Después de la guerra, Tanner y su familia regresan a su casa en Francia, pero su plácida vida desapareció cuando su padre Benjamín Tanner murió en 1923 y su esposa Jessie murió dos años más tarde.

El pintor se sumió entonces en un grave estado de depresión que se expresaba en una tristeza crónica que le acompañó el resto de sus días, a pesar de lo cual continuó produciendo muchas pinturas religiosas, en muchas de las cuales se aprecia una fuerte evolución hacia el surrealismo, quizá buscando un consuelo que solo encontró en el cristianismo, a pesar de que su fama como artista fue menguando hasta quedar relegado a una segunda fila, de la que solo sale tras su redescubrimiento como el primero de los autores del género afroamericano.


En 1923 le nombraron Caballero Honorario de la Orden de la Legión de Honor, la máxima condecoración de Francia, y en 1927 se convirtió en Académico de la Academia Nacional de Diseño, el primer afroamericano en recibir tal honor. En sus últimos años, Tanner era un símbolo de esperanza e inspiración para los líderes afroamericanos y los jóvenes artistas negros, muchos de los cuales lo visitaron en París. El 25 de mayo de 1937, Tanner murió en su casa en París.

 Y, por último, además de las ya expuestas, aquí os dejamos una selección de las imágenes más destacadas de este pintor esencial para entender la historia de la pintura americana y del surrealismo europeo.

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