El pintor que se murió de risa

Zeuxis

Óleo sobre lienzo 142 × 169 cms.

Zeuxis fue un pintor griego del siglo V antes de nuestra era, un tipo célebre donde los haya, y los hay. Parece que nació en Heraclea, la de Sicilia, (no la del Ponto), Heracleamínoa, por tanto. Se cuentan muchas leyendas sobre este pintor, que ya fue famoso en su tiempo, famoso y criticado, sobre todo por Aristóteles, a quien no le gustaba ni un pelo, y la de hoy no es una anécdota menor pues acabó con la vida del genial Zeuxippos de un ataque de hilaridad. Recordemos por qué:

Una de las anécdotas más famosas de Zeuxis fue la disputa con Parrasios por ver quién era mejor artista. Ambos pintores compitieron pintando un fragmento de una obra de teatro, de moda en aquel momento. Zeuxis pintó unas uvas, tan reales parecían que hasta los pájaros intentaron picotearlas, pero le venció Parrasios pues cuando Zeuxis fue a descorrer la cortinilla que tapaba la obra de su contrincante, comprobó que estaba pintada y que el motivo del cuadro era la cortinilla.

Otra anécdota no menor fue la del encargo que recibió en Crotona (en Calabria, justo en la suela de la bota de Italia) para pintar un retrato de la bella y mítica Helena de Troya, y para realizarlo solicitó a los habitantes de la ciudad que le proporcionaran a las cinco mujeres más bellas y poder pintar de cada una su parte más bella para componer el retrato de la belleza perfecta. Esta leyenda también se cuenta de otra de sus  obras, una tabla destinada al Templo de Juno, en Agrigento.

Pero en este caso, hacia el año 398 (a. de C.) recibió el encargo de una rica viejecita de pintar un retrato de Afrodita, la diosa griega del amor, la lujuria, la belleza, la sexualidad y la reproducción. Una Afrodita sensual, irresistible e impúdica en su desnudez, ofreciendo manjares y sugerentes promesas carnales al desprevenido espectador del cuadro, pero con una condición… debía ser ella, la vieja, la modelo que posara para tal obra.

Por eso murió Zeuxis de risa. El genial pintor que paseaba su capa con su nombre bordado en oro por las calles de Atenas, el magnífico griego que rozaba la belleza con la punta de sus pinceles, murió de una asfixia risible por burlarse de una belleza menor, o de una fealdad decrépita, que tanto da.

Es Aert de Gelder, uno de los más avanzados discípulos de Rembrandt, quien pintó en 1685 esta obra que hoy podemos ver en  la Städliches Kunstinstirut, de Francfort, haciéndose eco de la no sé si creíble, pero merecida y moralizante leyenda griega contra el esteta heráclio.

 

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