El pintor inconformista

Hermen Anglada Camarasa (1871 – 1959)

Acantilado en Formentor

“Acantilado en Formentor”. Óleo sobre lienzo. 45 x 51.2 cms. 1936.

Don Hermenegildo Anglada Camarasa, también conocido por Hermen, fue uno de los artistas españoles de mayor éxito internacional y que más activamente participó en los movimientos artísticos europeos. Sin embargo, su fama y reconocimiento estuvo sujeto a numerosos altibajos a lo largo de su vida, e incluso después de ella. Persona de fuerte carácter, dotado de un inagotable sentido del humor y de una marcada actitud rebelde e inconformista, tuvo desde niño una enorme ambición de ser pintor y una pasión desenfrenada por su trabajo, en el que se impuso una férrea disciplina. Encajó perfectamente en los círculos parisinos de la Belle Epoque y pronto se supo rodear de influyentes círculos de intelectuales en los que a menudo fue el centro. Una vida apasionante, al menos tanto como su obra que ahora os mostramos en alta definición.

Su padre era pintor -decorador de carruajes y también acuarelista aficionado- y Hermen muy pronto se siente atraído por la pintura. Muere su progenitor cuando él tan sólo tiene siete años y pocos años después su madre le insta a que comience a trabajar con un rico empresario familiar suyo, a lo que el joven se niega, es entonces cuando su familia se divide entre aquellos que se oponen a que desarrolle esa vocación pictórica y los que le animan. Cursa el bachillerato en el Seminario en donde se imparten estudios de enseñanza media. Durante estos años padece una grave enfermedad -quizá relacionada con su lucha por convencer a su familia de su deseo de realizar estudios artísticos- y debe guardar reposo durante un tiempo. Finalmente en 1885, cuando Hermen cuenta casi quince años, su madre accede a que asista a la Llotja -Escuela de Bellas Artes- y a la academia de pintura y dibujo del pintor Tomás Moragas, pero será Modest Urgell, el pintor de paisajes melancólicos, a quien Herman considere su verdadero maestro.

Y fueron Moragas y Urgell quienes le conectaron con el mundo artístico catalán. También en su juventud se relacionó con un ya anciano Víctor Balaguer, político, escritor, poeta e historiador catalán que le compró una obra primeriza para enriquecer su estrenada Biblioteca-Museo. Durante unos años fue participando en diversas exposiciones de Bellas Artes colectivas.

Sin embargo, el joven Anglada ansiaba ante todo triunfar como pintor y por ello, con tan sólo 23 años consiguió que la reconocida Sala Parés expusiera sus obras. Así pues, en 1894 se organiza su primera exposición destacada, en la que Anglada había puesto mucho empeño –incluso había preparado unos panfletos para repartir dentro la sala-. Sin embargo, esta exposición de 1894 no tuvo ninguna resonancia, o muy escasa, ya que el protagonismo se lo llevó el también pintor catalán Ramón Casas con su Garrote vil, que también se exponía en otro espacio de la misma Sala. Este hecho provocó la decisión final de Anglada de marcharse a París para seguir aprendiendo en las escuelas de la ciudad artística del momento.

En la capital francesa pudo contar con el apoyo económico de su cuñado, el empresario Josep Rocamora Pujolà y de su primera esposa, Isabelle Beaubois, que también pintaba. Sin embargo, los primeros años en París pasó verdaderos momentos de penurias. Allí se esmeró mucho en su formación y acudía de día a la Academia Julian (donde se habían formado también los nabís) con los pintores Jean Paul Laurens y Benjamín Constant, y de noche a la Academia Colarossi con L. A. Girardot y René Prinet. Uno de sus compañeros en las academias era el pintor peruano Carlos Baca-Flor, del que se hizo buen amigo y comenzó así a relacionarse con personas del círculo de los grandes pintores modernos y, sobre todo, con uno de sus primeros coleccionistas, el compositor René de Castéra que le introdujo en un círculo muy selecto de artistas y aristócratas franceses.

En el año 1900, estando de paso por la ciudad condal, volvió a organizar una exposición, esta vez individual, en la Sala Parés mostrando lo que había aprendido en su estancia en la capital francesa. Hecho insólito, ya que un artista tan joven no solía exponer individualmente. Esta muestra que causó gran expectación –y que visitaría un jovencísimo Pablo Picasso- constituye, sin duda, su primer éxito y muchos críticos se hicieron eco de ello como Raimon Casellas o Alfredo Opisso.

Gracias a esta eclosión en Barcelona, comienza su despegue internacional. A partir de esta muestra, durante los siguientes cuatro años Anglada consigue participar en las mejores exposiciones internacionales oficiales de Bellas Artes en Europa: el Salón Nacional de París, en el Salón de Arte de Berlín, en la Libre Esthétique de Bruselas, en la Sociedad Internacional de Bellas Artes de Londres, en la Bienal de Venecia, en la Secesión Vienesa,… En una de estas exposiciones, el ruso Iván Morózov –uno de los principales coleccionistas de arte moderno de la época- adquirió en 1902 su “Danza española”, lo cual es un hecho muy relevante puesto que suponía una distinción extraordinaria que un coleccionista de tal categoría comprase una obra de un artista joven y emergente.

En París también se relaciona con otros artistas catalanes como Marià Pidelaserra, Pere Ysern, Evelí Torrent y Manolo Hugué, el cual escribió una anécdota acontecida a su llegada a dicha capital en 1901 en la que contaba que la gente quería estrechar su mano por el simple hecho de proceder de la misma ciudad que el ya célebre Anglada-Camarasa. Ese mismo año, la revista rusa Mir Iskusstva (“El mundo del arte”) coeditada por el famoso promotor artístico Sergei Diaghilev publicaba un cuadro de Anglada que había sido expuesto en el Salón parisino de 1901. A partir de entonces se siguió publicando nuevas obras con nuevas críticas (hasta catorce en total) entre 1901 y 1904, año en que dejó de editarse la revista. La consecuencia directa fue que el nombre de Anglada-Camarasa empezó a aparecer rápidamente en la prensa europea artística. Muy pocos pintores tuvieron una difusión tan intensa como Anglada. Prestigiosos críticos publicaban comentarios y reproducciones de su obra en diarios y revistas.

A partir de 1904 su presencia continuaba latente en ciudades como Venecia, Berlín, Bruselas, Londres, y sobre todo París, y se expandía por otras como Viena, Roma y Buenos Aires. Desde 1904 a 1908 fue profesor en la Academia Vitti de París, donde muchos de sus alumnos eran sudamericanos y ayudaron a difundir su fama por el continente americano. En 1905 la Gallerie d’Arte Moderna de Venecia adquirió una obra de Anglada que había expuesto en la Bienal. Muchos críticos internacionales se ocuparon de su obra como Camille Mauclair, Roger Marx, Paul Jamot, Marius-Ary Leblond, Ugo Ojetti, Vittorio Pica, Alejandro Christophersen, Dr. Atl, entre los más conocidos. Durante estos años Anglada es constantemente invitado a participar en exposiciones de Bellas Artes. En el año 1911 el comité ejecutivo de las fiestas conmemorativas de Roma le invita a la gran Exposición Internacional de Bellas Artes donde le fue concedido el primer premio, sin embargo a pesar de haber conseguido la mayoría de puntos tuvo que compartirlo con otros diez artistas entre los que destacaban Gustav Klimt e Ignacio Zuloaga. Entre 1905 y 1914 se consolida su extraordinaria internacionalización.

Paralelamente a sus últimos años en París, Anglada gozó de una gran fama en Argentina. Esto se debe al fuerte vínculo que el artista había entablado con sus discípulos durante sus años de profesor y durante los años que pasaron juntos en Mallorca, donde algunos de ellos también se instalaron. Esta relación decisiva para su proyección argentina comenzó en París en 1907 cuando el artista catalán se encontraba en el zenit de su gloria artística europea. A sus clases nocturnas asistía Alberto López Buchardo, que encabeza la lista de discípulos argentinos que formaron un núcleo a su alrededor a lo largo de veinte años.

A él se unieron Juan B. Tapia, Tito Cittadini, Gregorio López Naguil, Adán Diehl y Ricardo Güiraldes que, entre otros, fueron los principales estudiantes que en pocos años configuraron este núcleo. Pero este grupo de argentinos que gravitaba en torno a Anglada no se limitaba a sus alumnos, sino que se ampliaba con un buen número de intelectuales y entusiastas culturales que habían viajado a París. Este grupo procedía en general de la burguesía bonaerense, lo cual fue decisivo para crear un estado de opinión sobre Anglada en los altos círculos de la capital argentina y para poder situar su obra en las grandes exposiciones. Esta unidad de discípulos situó el nombre de Anglada-Camarasa en un lugar único en la vida cultural argentina y debido a su fidelidad le promovieron grandes exposiciones.

En 1910 se celebró la Exposición Internacional del Centenario de la República Argentina en Buenos Aires. Los antiguos discípulos de Anglada le animaron a acudir al certamen del que ganó el primer premio junto a Eliseu Meifrén y su amigo Ignacio Zuloaga. En 1916 por iniciativa del Museo Nacional de Buenos Aires se organizó una nueva exposición individual de Anglada cuyo éxito fue muy resonante en toda la capital bonaerense. A partir de entonces, durante varios años su obra ha seguido exponiéndose reiteradamente en la capital argentina.

Al estallar la I Guerra Mundial en 1914, Anglada-Camarasa decide volver a España y se instala en Mallorca. El artista recibe por estas fechas una invitación para participar en la Bienal de Venecia, enviada por el síndico conde Grimani. Esta participación en Venecia sería la última gran manifestación europea de Anglada en muchos años ya que se vio privado de continuar exponiendo por ser un refugiado forzoso en España y su estilo comenzaba a quedarse atrás de la modernidad de las vanguardias. Estando en España decide dedicarse a este público. En 1915 el Ayuntamiento de Barcelona le concede el permiso para organizar una magna exposición en el Palau de Belles Arts. Hay que decir que esta muestra escondía intereses políticos, ya que Anglada se había hecho un nombre en Europa y convenía una exposición de este calibre en Barcelona. Cataluña vivía entonces los años clave del Noucentisme y la crítica miró con reticencia la obra de Anglada. Sin embargo, el pintor contó con el apoyo de artistas como Alexandre de Riquer y Josep Llimona y del intelectual Salvador Sempere i Miquel. Por otra parte, Eugeni d’Ors alabó su obra pero insinuó que su arte estaba en decadencia.

En Madrid se hicieron eco de esta gran exposición en Barcelona, y muchos intelectuales y artistas madrileños firmaron una carta pidiendo a Anglada que organizara una muestra parecida en la capital española. Habría que decir que el promotor de esta carta era el escultor Julio Antonio que había sido protegido de Anglada en París y había conseguido que firmaran un buen número de personajes de la Generación del 98 como Azorín, Baroja, Galdós, Marañón, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Unamuno, Valle-Inclán, etc. Anglada tardó en contestar pero finalmente aceptó, realizando así una gran muestra en 1916 en el Palacio de Exposiciones de El Retiro de Madrid.

Las críticas ante la gran exposición mostraron profundas discrepancias. Algunos críticos como Bernardo G. de Candamo, Enrique Vaquer y Pedro Mata elogiaron su obra sobre todo por su modernidad e innovación. Sin embargo, muchos otros tacharon su obra por ir en contra de la tradición española: Pilatillos, Fernando Mora, Perdreau, Federico Leal, Moreno Carbonero, Francisco Pradilla y Cereceda calificaron a Anglada de separatista, antipatriótico y ex-español por pretender vender obras de temática más mediterránea que castellana.

Al igual que en Barcelona, la exposición de Madrid tuvo un marcado trasfondo político, sin embargo en general los intelectuales madrileños se alinearon a favor del artista. Además el pintor contó durante estos años con el apoyo de un crítico de arte activo en Madrid, José Francés que tuvo mucho que ver con la difusión de la fama de Anglada por todo el estado. Anglada tenía también un gran mediador en la figura de Francesc Cambó, político catalán conservador, fundador de la Lliga Regionalista que coleccionó además muchas obras de sus obras.

El artista catalán recibió en 1919 la invitación de Ramón de la Sota, presidente de la Diputación de Vizcaya, para participar en la Exposición de Pintura y Escultura de Bilbao. Aunque Anglada había declarado su intención de no exponer durante un tiempo, su amigo Francesc Cambó medió en todos los trámites para que su participación fuera posible. Al acabar la I Guerra Mundial, Anglada-Camarasa con sus casi cincuenta años buscaba reposo lejos del mundo artístico internacional y permanecía aislado del bullicio en su casa del Port de Pollença. Hasta los últimos años de su vida se siguió exponiendo obra suya sobre todo en Barcelona y Mallorca.

Tras los años de reposo en Mallorca, Anglada decidió reemprender su actividad de expositor internacional en 1924 y se dedicó intensamente al público norteamericano. La gestión de Homer St. Gaudens fue clave para el desencadenamiento de una larga serie de exposiciones sobre Anglada-Camarasa por los Estados Unidos hasta mediados de los años treinta. St. Gaudens era el nuevo director del Carnegie Institute de Pittsburgh y se había hecho eco de la fama de Anglada en Europa, lo cual le había provocado un fuerte interés por conocer y divulgar su obra. De este modo se propuso obtener la participación del pintor catalán en la XXIII Annual International Exhibition of Paintings del Carnegie Institute.

Dicha exhibición era un ambicioso proyecto de difusión de arte moderno europeo por los Estados Unidos, y fue todo un éxito para Anglada ya que causó gran impresión. A finales de 1924 se inició una muestra itinerante en las Vandyck Galleries de Washington y luego pasó en febrero de 1925 al Brooklyn Museum de Nueva York. Más tarde se exhibió en Chicago, Des Moines, Los Ángeles y San Francisco. El representante de las Vandyck Galleries era John Cunningham Jr. que también había visitado al artista en su casa de Pollença para asegurarse el envío de las obras. En otoño de 1925, Anglada volvía a concurrir en la XXIV exposición del Carnegie Institute, incluso fue invitado a participar como jurado, lo cual le obligó a viajar en persona a los Estados Unidos, abandonando así su largo retiro de más de diez años.

A finales de año,Alexander Bower, director del departamento de Bellas Artes de la “Sesquicentennial International Exposition” de Philadelphia proponía a Anglada su participación en una muestra extraordinaria que estaba preparando para 1926. Anglada consiguió la medalla de oro con una de sus obras. Las exposiciones sobre Anglada se fueron multiplicando por todos los Estados Unidos (Pittsburgh, Washington, Nueva York, Chicago, Des Moines, Los Ángeles, Dallas, Philadelphia, San Diego, St. Louis, Boston, Cleveland, Providence). En esta última etapa no habría que olvidar la relación que el pintor entabló desde 1925 con el ensayista inglés Stephen Hutchinson Harris, que años después se convertiría en su biógrafo y reavivaría su antigua fama en Inglaterra donde no exponía desde hacía dos décadas.

S. H. Harris publicó en 1926 un artículo sobre Anglada-Camarasa en la prestigiosa revista The Studio en Londres. Y años después, tras lograr entrevistarse con él, publicó la primera monografía de Anglada en 1929, editada por las Leicester Galleries de Londres. El libro titulado The Art of H. AngladaCamarasa. A study in modern art constituye un documentado volumen escrito cuidadosamente editado e ilustrado, que sin embargo jamás se tradujo al catalán ni al castellano. Además poco después, en 1930 Harris se ocupó de organizarle a Anglada dos exposiciones en Londres y Liverpool. Esto originó una amplia presencia del pintor catalán en periódicos y revistas ingleses, como por ejemplo un importante artículo en la revista londinense “Apollo” firmado por Steuart Erskine.. Finalmente, esta campaña británica introdujo el nombre de Anglada-Camarasa en una difundida visión inglesa de la pintura moderna internacional publicada por Solomon C. Kaines Smith en 1932. A partir de 1936, su proyección norteamericana se interrumpe. 

Podríamos decir que la I Guerra Mundial truncó la carrera artística de Anglada por Europa, puesto que en 1914 tuvo que volver a España cuando estaba en la cumbre de su gloria. Al acabar la guerra, su estilo estaba lejos de las vanguardias que surgían, pero su fama retumbaba como un eco en América, donde comenzó su segunda carrera artística. Sin embargo, la Guerra Civil española truncaba de nuevo sus esfuerzos.

Hermenegildo Anglada Camarasa.

Anglada Camarasa murió en su casa del Puerto de Pollença el 7 de junio de 1959, cuando tenía 88 años.

Textos basados en los estudios de Isabella Rivers

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