El mítico profesor de dibujo

George Bridgman

George Bridgman (Jorge Puente en español) fue un pintor canadiense de principios del siglo XX que estudió en París con grandes maestros como Jean Gerome, y que sobre todo es conocido por sus magistrales clases de anatomía y estudio de figuras humanas en la Art Students League de Nueva York. Todas estas imágenes que hoy os mostramos son fruto del trabajo de sus alumnos.

Bridgman, siempre en constante estado de embriaguez y masticando un puro negro de gran tamaño, se referia a sus estudiantes sobre la importancia del dominio de la anatomía diciéndoles:  “El color te va a hacer ningún bien, ni las composiciones encantadoras. No se puede pintar una casa hasta que esté construida“. Sus alumnos le adoraban y competían por su aprobación.

Algunos de los estudiantes de estas clases llegaron a ser grandes ilustradores, como Norman Rockwell, Barclay McLelland o Ward EF. Pero en 1911 todavía eran adolescentes con ambiciosos sueños de futuro y tratando de desarrollar el tipo de habilidad del dibujo académico que hoy en día muchos ilustradores consideran irrelevante y cuya enseñanza casi ha desaparecido.

Norman Rockwell habla mucho y muy bien de su viejo profesor en su autobiografía, Mis aventuras como Illustrator, y recuerda que su clase era un aula siempre llena de alumnos, calurosa y oliendo a tabaco a estufa de leña y a trementina.

Muchas de los modelos eran mujeres mayores faltas de recursos, pero otras eran niñas que habían venido a la ciudad para trabajar en los grandes almacenes durante una temporada alta y se encontraron despedidas. Desesperadas por falta de dinero, se aplicaban para el trabajo de modelo, pero una vez en el aula algunos no pudieron decidirse a posar sin ropa.

A veces una mujer joven que intentaba ser representada posando en bragas y medias, pero así no se conseguía nunca el puesto de trabajo.  Recuerdo como uno de los estudiantes de Bridgman decía que una de ellas empezó a llorar y  a decir que necesitaba el dinero y que lo iba a hacer. El profesor era un tipo duro.

Ahora bien, estas niñas y sus angustias se han ido. Todo lo que queda son los dibujos como fantasmas desvaneciéndose en el papel.

Bridgman era un profesor muy crítico, la enseñanza era muy sincera, como se hacía antes de estos tiempos de falsas alabanzas. Al final de cada clase, designaba el trabajo de un estudiante como el número uno. Todavía se puede ver la anotación del maestro Bridgman, “primero” en la elaboración de EF Ward de la espalda del hombre, en el dibujo que os mostramos debajo.

Pero Norman Rockwell recordó una historia que Bridgman decía a la clase cada vez que tenía la sensación de que los estudiantes estaban recibiendo demasiadas alabanzas y se volvían engreídos de sus dibujos:
Chicos, una cosa extraña que me sucedió después de que salí de la clase el martes pasado. Había un vagón de carbón en la acera en la calle 48 y un carbonero lo vaciaba en un sótano. Al pasar  junto a el agujero de acceso a la bodega un hombre asomó la cabeza, todo tiznado de carbón y me dijo “hola señor Bridgman”. Le dije, “¿por qué me dices hola?, ¿quien eres?” ¡Oh, el hombre dijo: no se acuerda de mí? Yo era el número uno en su clase el año pasado… La historia  a veces variaba, en ocasiones se trataba de un hombre que repartía hielo, o de un inspector de bocas de incendio.

Estos recuerdos de las clases de dibujo siempre tienden a mitificarse, no solo en la clase del viejo y gruñón Bridgman, sino en cualquier otra en la que el profesor debe ser un compañero en cuyo buen hacer podamos confiar ciegamente, pero sobre todo en un guía que encamine nuestros pasos sin alabar en exceso nuestros logros parciales para que no perdamos la medida de la dificultad que entraña la consecución del éxito en nuestro oficio.

 

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