El jardín abandonado

Santiago Rusiñol

Rico, despreocupado y profundamente enamorado del arte de la pintura, Santiago Rusiñol llevó una vida bohemia durante muchos años de su vida. Vivió en Montmatre junto a otros amigos pintores, Ramón Casas e Ignacio Zuloaga, viajó cuanto quiso y participó en la fiestas más concurridas de la mejor élite catalana. Pintaba y escribía como el mejor y dictando no solo la moda del modernismo en España, sino el criterio del buen artista, pues experimentó en carne propia los límites del artista, a lo que le ayudó su adicción a la morfina. El posterior proceso de desintoxicación al que se sometió el artista a partir de 1899 y la intervención quirúrgica que, un año después, lo dejó con un solo riñón, le hicieron alejarse del abismo y le condujeron a una nueva etapa creativa, marcada por la especialización en la pintura de jardines por toda la geografía española. Hoy os traemos una buena colección de sus cuadros de jardines y paisajes en los que el color se hace luz y termina conquistando el espacio.

En eldibujante nos quejamos a veces de lo complejo que nos resulta mostraros estas imágenes y buena prueba de ello es el enorme esfuerzo que hemos tenido que realizar para conseguir esta colección de más de cincuenta cuadros de Rusiñol que no encontrareis en otro sitio. ¿Alguien pensaba que la cultura española estaba al alcance de cualquiera?, pues nosotros aún dudamos de que las leyes restrictivas y claramente injustas de propiedad intelectual  con las que se arman los herederos y autores que viven del cuento, no nos traigan problemas por enseñaros lo que, a todas luces, debería ser dominio público, porque es patrimonio cultural, parte de nuestro acerbo y de nuestra esencia como pueblo. Por eso os las ofrecemos en alta definición para que las guardéis en vuestros discos, y no desaparezcan si alguna vez nos forzaran a dejarlas off line.

Rusiñol murió en los jardines de Aranjuez con la paleta y el pincel en la mano mientras pintaba uno de estos maravillosos lienzos llenos de silencio y color, Teórico del ‘Jardín abandonado’ como se llama uno de sus libros en el que se hace referencia a la vida cultural tanto como al tema pictórico, Santiago Rusiñol fue el modelo de artista moderno e icono del modernismo catalán, a lo que contribuyó sin duda su fuerte carisma personal, y su capacidad de construir sobre su propia vida la imagen del artista moderno, sacerdote del arte y defensor del arte por el arte en una sociedad materialista y prosaica, para luego convertir esta imagen, con el apoyo de la literatura y de su actividad pública, en un mito.

Nacido en el seno de una familia de la burguesía catalana, parecía predestinado a continuar la tradición familiar dentro de la industria textil, bajo la autoridad de su abuelo, con el que vivió desde niño. La muerte de su padre cuando Rusiñol tenía veintidós años le forzó a ocuparse del negocio familiar antes de lo previsto, aunque en sus ratos libres se dedicaba a pintar, acudiendo a recibir lecciones a la Academia del pintor Tomás Moragas. La muerte de su abuelo en 1887 dará un giro absoluto a su vida; liberado de su influencia y autoridad decide romper toda clase de ataduras, se desvincula del negocio familiar y se separa de su esposa Lluïsa Denis, con la que había contraído matrimonio un año antes y ya tenían a su hija María, para dedicarse de lleno a la pintura.

Estrecha su relación con el pintor Ramón Casas, al que había conocido a través del escultor Clarasó, y juntos proyectan un viaje en carro por Cataluña. El acercamiento al campo y los pueblos de la región se materializa en una extensa producción de cuadros costumbristas y de paisajes. En éstos muestra la influencia del maestro de Olot, Joaquín Vayreda, ofreciendo una visión de la naturaleza plácida y no exenta de lirismo. Su primera estancia parisina, en 1889, junto a Casas, quien le introduce en los ambientes artísticos parisinos, le conducirá al barrio bohemio de Montmartre. Allí sigue interesado por la naturaleza, con una preferencia clara por escenarios sencillos cuando no vulgares, por ello, cuando en octubre de 1890 exhi­be su obra en la Sala Parés de Barcelona, junto a la de sus amigos Casas y Clarasó, la crítica se muestra muy desfavorable y califica su pintura de sórdida.

De nuevo en París, instalado en el Moulin de la Galette en Montmartre junto a Eric Satie, se deja seducir por el simbolismo. Sus paisajes se vuelven solitarios y sus interiores, intimistas con figuras femeninas aisladas que transmiten sentimientos de melancolía y tristeza. En el verano de 1891 descubre Sitges, pinta sus conocidos «patios azules» y elige el lugar como escenario de las Fiestas Modernistas que se inaugurarán al año siguiente y se celebrarán sucesivamente en 1893, 1894, 1897 y 1898, convirtiendo la población en el centro modernista de Cataluña. En 1893 adquiere una hermosa mansión conocida como Cau Ferrat en la que pasa temporadas y que al mismo tiempo le sirve de museo para albergar su colección.

En París se instala en un barrio más acomodado con Utrillo y Zuloaga y a través de este último descubre a El Greco, cuyo arte le provoca una admiración sin límites, que le llevará más tarde a adquirir obras suyas. Comparte también con Zuloaga la experiencia de un viaje a Florencia buscando la inspiración de los pintores del primer renacimiento. Fiésole le descubre la belleza de sus paisajes en los que el ciprés es verdadero protagonista, y a partir de este momento su interés vuelve a centrarse en el género del paisaje que se constituirá en el principal protagonista de su actividad. En 1897 se instala en Granada donde ejecuta una serie de jardines: los cármenes, la Alhambra. Viaja a Valencia, Mallorca y Aranjuez; pinta los claustros de los viejos monasterios, los cementerios y los calvarios de Levante. La exposición de Jardines de Es­paña en octubre-noviembre de 1899 en la Galería L’Art Nouveau de París supone su reconocimiento internacional, cuyo éxito radica en una nueva visión de España, totalmente alejada de tópicos y llena de veracidad.

El pintor comienza a interesarse por Los Jardines de Aranjuez en 1898. Estas obras obedecen a un esquema general caracterizado por el rigor compositivo: en primer término la naturaleza aparece ordenada y simétrica, sometida a la voluntad del hombre, contrastando con la visión salvaje que asoma al fondo de la composición, lo que constituye uno de sus mayores atractivos. Fue precisamente en Aranjuez, durante una de sus reiteradas estancias para realizar una serie de paisajes, donde le sorprendió la muerte el 13 de junio de 1931.

Personalidad de carácter complejo, Rusiñol se muestra como hombre sensible, escritor, pintor y coleccionista, cuya trayectoria vital estuvo muy ligada a personajes del mundo de las letras, de la música y del arte. A su muerte, donó su casa y su colección al municipio de Sitges, donde en 1933 se inauguró el Museo de Cau Ferrat.

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