El indigente que pintaba comida

Luis Egidio Meléndez (1716 – 1780)

El Chardin español.

Don Luis Egidio fue un pintor medio italiano, medio español, que se especializó en el género de bodegones y que durante toda su vida vivió rodeado de una gran miseria. Hoy le consideramos, junto a Zurbarán y Sánchez Cotán, como uno de los mejores pintores españoles de naturalezas muertas, pero durante su carrera este género de pintura no era muy considerado al carecer de elementos grandilocuentes, y era más un género decorativo que procuraba ciertos ingresos a los artistas pues podía realizarse sin el apoyo de la Academia o del Rey. A pesar de su enorme talento, Meléndez pasó con bastante más pena que gloria por nuestra historia de la pintura, por eso viene hoy elDibujante a rescatarlo del injusto olvido con que, una vez más, los españoles tratamos a nuestros genios y os treamos la más extensa colección de sus obras, como siempre, en buena definición.

Luis Egidio era hijo y sobrino de pintores. Su padre era un pintor de Oviedo, Francisco Meléndez de Rivera Díaz, que terminó dedicándose a pintar miniaturas para Felipe V con el objeto de ser colocadas en joyas. Y el hermano de su padre, Miguel Jacinto, también era pintor, pero en este caso retratista. Si decimos que Luis Egidio era mitad español y mitad italiano es porque de hecho nació en Nápoles, ciudad en la que su padre se asentó durante veinte años antes de volver a España junto a su familia en 1717.

Luis Egidio estudió básicamente con su padre y de él aprendió la mayoría de los ‘factores pictóricos’, y luego ya en España asistió al taller de Louis Michel Van Loo, un francés que llegó a ser pintor de cámara del rey. Cuando comenzó a organizarse en nuestro país la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando –todavía era una Junta preparatoria de la Academia- su padre fue nombrado director de pintura y él fue uno de los primeros alumnos en ser admitido.

Todo esto sucedió en 1744, pero pronto su padre comenzó a reclamar a la Academia el honor ser considerado como su fundador y comenzó así una disputa que terminó con su despido. También Luis Egidio se embroncó con su maestro francés, Van Loo por el mismo motivo y fue expulsado de la Academia en 1748, pero dos años antes ya había hecho un autoretrato que nos demuestra que era un excelente pintor.

Tras su traumático alejamiento de la Academia, el jóven Luis Egidio, altanero y arrogante, se marchó a Italia en busca de nuevas oportunidades, pero su fama estaba en entredicho y su penuria económica iba acrecentándose por días. Aguantó cinco años hasta dejarse convencer por su padre de volver a España y colaborar en la elaboración de miniaturas, pues como iluminador podría acceder al principal encargo real del momento para paliar el desastre producido por el famoso incencio del Alcázar en 1734 en el que se quemaron muchos libros de coro de la capilla real, que ahora se estaban restaurando.

Volvió pues a España y en 1759 consiguió un buen encargo: hacer bodegones para el Gabinete de Historia Natural del Príncipe de Asturias (luego Carlos IV). Desde esa fecha hasta 1774 hizo más de cuanrenta naturalezas muertas que son el motivo de este artículo, en las que representaba todo tipo de frutas, verduras y productos típicamente españoles.

La ambición de Luis Egidio era entonces, como la de muchos otros pintores, conseguir ser pintor de cámara del rey y lo intentó por escrito en dos ocasiones, en 1760 y 1772, pero no hubo forma. Y esa ambición hacía que él no comercializara su obra como lo hacían otros artistas, lo que le proporcionó una situación de pobreza extrema. Por ejemplo en una carta al rey de 1772 decía que sólo poseía sus pinceles y que no podía continuar con la serie de los «cuatro elementos» : por no tener medios para continuarla ni siquiera los precisos para alimentarse.

Murió como un pobre indigente de solemnidad en 1880, ignorado y abandonado por todos.

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