El decadente placer de la morfina

Santiago Rusiñol

La Morfina. Santiago Rusiñol 1984

La Morfina. Óleo sobre lienzo. 115 x 87 cms. 1894


La Morfina. Óleo sobre lienzo. 115 x 87 cms. 1894

“Comprendían los enfermos que aquellas horas de calma, pero de calma engañadora, de la casa del silencio, las daba la Morfina; que aquella palidez macabra la traía la Morfina; que aquella fiebre nerviosa que hasta hacía temblar a las mismas paredes blancas, venía de la Morfina; que era ella la que apagaba la vida, la que daba escalofríos, la que con sus dedos de Marquesa y doradas uñas de arpía, estrangulaba con sigilo a los extraños suicidas de la casa del silencio.”

Santiago Rusiñol, “Pèl i ploma”

En esta preciosa obra Don Santiago Rusiñol sabía de lo que hablaba, como bien puede comprobarse en la preciosa cita textual que demuestra sus dotes como gran escritor, pues él mismo hacía cinco años que era morfinómano y aún le quedarían otros cinco para poder curarse de esa toxicomanía. Y no era cosa rara, la morfina era una droga muy extendida entre las mujeres de alta clase social a finales del siglo XIX. Las damas pudientes acostumbraban a celebrar reuniones en casas privadas para inyectarse colectivamente, e incluso tenían enseres propios para tal asunto, encargados exprofeso a joyeros: jeringuillas de plata con incrustaciones de diamantes, cucharas con mangos adornados de rubíes y otras preciosas joyas modernistas.

Parce que Don Santiago, que siempre fue un crápula y el “oveja negra” de una familia burguesa, se enganchó a la morfina cuando comenzó a tomarla para aplacar los dolores que sufría en su pierna a raiz de una caída que tuvo en Paris, y solo terminó dejándola con el apoyo de su mujer cuando se recluyó en “Cau Ferrat”, su casa de Sitges. Y es que pese a que en la época la morfina estaba extendidísima, lo cierto era que causaba estragos y no estaba bien vista socialmente. Como vemos en esta otra obra, preparatotia quizás de la que hoy comentamos y que se llama “Antes de tomar el alcaloide”, la morfina, que es un polvo blanco, inodoro y soluble en agua, se administraba al principio por vía estomacal, luego levantando la dermis y depositando la dosis necesaria, y finalmente adquirió gran notoriedad gracias a las preciosas jeringas de Pravaz. El método de inyectársela fue posible porque la aguja hipodérmica fue inventada en 1853 por Alexander Wood, médico de Edimburgo, cuya esposa padecía un cáncer incurable, precisamente para inyectarle morfina. Así ella fue la primera persona en recibir esta droga por esa vía y la primera en adquirir el “hábito de la aguja”Aunque quien popularizó el método, con tanto éxito que llenó París de yonquis, fue el médico Charles Gabriel Pravaz, quien diseñó una jeringa,  el mismo año que Wood, pero que tenía pistón, toda una modernidad. 

Pero volvamos a nuestra pintura, que es algo más que placentera y comprobemos cómo el pintor ha querido presentarnos a la modelo como si estuviera enferma, desaliñada y con aspecto de abandonada, el pelo sin recoger sobre los hombros, uno de los cuales ha perdido la sujeción del tirante cuando la mano se ha tensado y agarra la sábana con un toque de dramatismo que nos conduce a pensar, cuando le vemos la placidez de la cara, que la mujer acaba de entrar en los procelosos mundos de Morfeo, pues por el dios griego de los sueños se llama así este alcaloide opiáceo, que fue y sigue siendo uno de los grandes síntomas de la decadencia. Y a ese propósito no queremos olvidarnos de otra de las grandes obras de la pintura española, “La joven decadente” firmada en esta ocasión por el colega y amigo íntimo de Rusiñol, Don Ramón Casas, otro burguesito que pintaba como dios y tan golfo o más que Don Santiago, con quien compartió muchas correrías de las que pronto os contaré anécdotas y detalles. Y lo hacemos porque si alguien se ha abandonado aquí ha sido esa mujer que yace sobre el diván tan verde que le sube el rosado de sus mejillas, con sus músculos tan lacios que su brazo cuelga hasta casi el suelo y con su mirada tan perdida que bien parece que ya se hubiera puesto de morfina de no sujetar un pequeño libreto, cuya pasta es amarilla, como las mantas de los primeros cuadros, lo que dicen nos indica la enfermedad que arropan, pero yo jamás he entendido este simbolismo que se les otorga a los colores.

Pero lo que sí entiendo es lo maravillosas que son estas pinturas, el dominio de la luz y del color de que hacen gala ambos pintores, la facilidad de sus trazos y la soltura de sus pinceles y brochas, pero sobre todo me pasma su oficio tan experimentado que les hace mantener un ritmo en la ejecución de la obra que produce que se detengan solamente en los auténticos puntos visuales de atención del espectador y que la mancha sea franca, abierta y rápida en aquellas zonas secundarias que nos atrapan si nos paramos a saborearlas.

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