El cuadro alemán que más gusta a los alemanes

El Pobre Poeta

“Der Arme Poet” Carl Spitzweg. Oleo Sobre Lienzo. 36 x 45 cms. 1839. Paradero desconocido.

En una encuesta realizada en Alemania para conocer cuál es el cuadro favorito de los alemanes quedó ganador La Gioconda, lo que no es muy sorprendente, pero el segundo lugar lo ocupó una obra menor, tanto por su tamaño como por su tema, o por el desconocimiento que fuera del país se tiene de ella. Nos referimos a “El Pobre Poeta” o “El Poeta Pobre”, que de ambas formas es nombrado repetidamente, de Carl Spitzweg, un cuadro que hoy se encuentra en paradero desconocido desde que fue robado el 3 de Septiembre de 1989 por dos ladrones que penetraron en el Palacio de Charlottemburg (Berlín): Un joven en silla de ruedas y su cómplice que, gracias a los utensilios que escondían en la silla, pudieron sin dificultad cortar los cordones que sujetaban, no sólo esta obra, sino también otra obra de Spitzweg: La carta de amor.

¿Por qué esta pequeña estampa es la obra preferida del público alemán?¿A qué se debe su gran popularidad “en casa”?¿Qué le ven los alemanes?¿Por qué existe este interés por un pintor que fuera de Alemania es un completo desconocido?

“El Pobre Poeta”  ya fue robado en 1976, pero la policía lo recuperó enseguida. Hay que decir que en las obras de Spitzweg han sido bastante robadas: 36 cuadros suyos eran buscados por la Brigada Federal de Investigación Criminal alemana en 1992. Además ‘El Pobre Poeta’ mide sólo 36 × 45 cms, y ese tamaño pequeño hace que sea más fácil robarlo, pero sin duda la causa principal de la atención que suscitan las obras de este pintor es la enorme popularidad que tiene en Alemania.

El cuadro es obra de un pintor principiante, y no solo lo digo por su calidad técnica, -algo ‘directa’ en el sentido de dedicarse a rellenar de color las líneas del dibujo-, sino por su situación en el conjunto de la obra del autor: Spitzweg nació en Múnich en 1808 y ya era farmacéutico con 21 añitos, en 1833, aunque a él lo que le gustaba era pintar, aún sin tener ni idea de ello. En realidad solo estaba cumpliendo los deseos de su padre, pero al morir su progenitor se dedicó de lleno a la pintura. En 1837 vendió sus dos primeros cuadros y en 1839 pinto “El Pobre Poeta”  en dos versiones paralelas casi idénticas. Una fue vendida a un coleccionista y la otra fue expuesta en el Kunstverein de Múnich, sobre todo por la presión de sus amigos, que le defendieron tanto que los organizadores de la exposición no se atrevieron a descartarla. Pero increíblemente la respuesta del público fue tan favorable que el mismo pintor se sorprendió. Después se expuso en Hannover y por último en Ratisbona. Así que ya vemos que este cuadro fue una de sus primeras obras y además fue decisiva para la carrera pictórica de su autor. Del trabajo se conserva también un dibujo en papel cebolla con perforaciones de alfileres delimitando los contornos, lo que habitualmente usaban los pintores para copiar su propia obra, (siguiendo las maneras en las que los autores de frescos trasladaban a la bóvedas los bocetos, ya en tamaño natural).

En Berlín se encontraba una de las versiones, la robada, la otra se exhibe en la Neue Pinakothek de Múnich, y la tercera pertenece a un particular que siempre ha guardado su anonimato -cosas de ricos-.

Tras la exposición de Hannover, al año siguiente de pintarse, “El Pobre Poeta” fue nombrado en la prensa por primera vez, como si fuera un cuadro costumbrista o una escena doméstica, ¿pero puede considerarse talmente, sin más? Posiblemente no. El mismo pintor se dio cuenta de que no podría evitar la apariencia de pequeño burgués caído en desgracia que tenía su personaje, y por eso procuró ofrecer al espectador una situación divertida. Este conocimiento de la naturaleza humana se presenta en varias otras obras de Spitzweg y tiene como resultado composiciones de historias casi caricaturescas y de aspecto costumbrista, como le sucede a nuestra obra.

El cazador de mariposas

Spitzweg fue un soltero empedernido, cierto que era un caballero no demasiado agraciado, aunque virtuoso y muy gracioso. Le gustaba mucho viajar y había probado en varias ocasiones eso de vivir en una buhardilla. En una ocasión, hablando sobre lo reducida que era la habitación que ocupaba en Franconia, escribió que se rompería el cráneo si se despertaba sobresaltado en mitad de la noche “rezo antes de dormir para que mis sueños sean tranquilos”. Le gustaba vivir en calma y en lugares apartados, y las buhardillas le daban la tranquilidad deseada. En 1833 se mudó al último piso de una casa situada en el barrio viejo de Múnich… “(…) la vista es magnífica, todo alrededor una cadena interminable de tejados con chimeneas y buhardillas levantándose por encima como palacios y ruinas … y el cielo tan próximo, es un espectáculo único”.

En aquella época reinaba en Alemania Luis I, todo un tirano de gustos pomposamente italianizados, así que los pintores de pequeño formato y escenas triviales poco tenían que hacer frente a esa cultura oficial, lo que explica que Spitzweg ni siquiera intentara acceder a la Facultad de Bellas Artes y decidiera formarse de manera autodidacta con otros amigos.

A partir de su cuadro de “El poeta pobre” deducimos que nuestro autor al principió dibujaba mucho, los objetos presentan contornos determinados y casi parece que han sido coloreados posteriormente, todavía no se aprecia el rico colorido que caracterizan a sus obras posteriores, libres ya de los contornos que aparecen en esta imagen. El tema del artista es una habitación francamente cochambrosa, un tema que no era nada nuevo, otros pintores ya lo habían representado, Hogart, Turner, Minardi, Daumier… Todos ellos dibujaron sus buhardillas pobres, una habitación que hoy caracteriza a la bohemia francesa: la Mesa, la silla y la cama ya han desaparecido en la estufa, y en la pared del cabecero cuelga una carta de desahucio.

La zona de la ventana es la más clara del cuadro y la estufa situada por debajo la más oscura. Si la vista de los tejados nevados regocijaba al artista, la estufa indicaba las miserables condiciones de vida. Hacía frío y la estufa estaba apagada, de otro modo el sombrero no podría estar colgado en su tubo, ni los papeles estarían en la boca de la estufa. Tampoco el poeta se habría acurrucado debajo de la manta con la chaqueta puesta. Todos sabían lo que era tener frío en casa, ya que las estufas y chimeneas solo calentaban una parte de las casas y viviendas. Todas las mañanas había que encender el fuego siempre y cuando se dispusiera de combustible. El atentado más grave contra la propiedad entonces era el robo de leña y no el de alimentos. Según las estadísticas prusianas cuatro robos de cada cinco eran de combustible. El poeta de Spitzweg es tan pobre que incluso llega a quemar sus propias obras para calentarse: Delante del agujero negro de hollín se ven dos legajos: Operum meor, Fasc III y IV, porque probablemente las partes I y II ya se han convertido en cenizas.

Este poeta es además un Quijote porque se dedica a hacer versos en lugar de asegurarse el sustento como funcionario, y porque lo hace siguiendo ejemplos antiguos. Entre los románticos de la época estaba mal vista la cultura trasmitida por los grandes libros como los mamotretos que se apilan al pie de la cama, por el contrario las palabras debían fluir libremente a partir de la experiencia personal y las fuentes propias de la lengua, en lugar de seguir la fórmula del hexámetro que el poeta ha anotado en la pared, que parece que está contando las sílabas con los dedos para adaptarlas a la rima antigua.

Para protegerse del frío se ha metido en la cama con la chaqueta raída y un gorro de noche usado por muchos de sus contemporáneos, se ha anudado la corbata como si estuviera dispuesto a salir de casa (por entonces la corbata era uno de los accesorios principales del vestuario masculino. Balzac llegó a afirmar “La corbata, eso es el hombre”) y lo mismo podría decirse del bastón, se llevaba en la mano izquierda el lado donde los aristócratas portaban la espada antes de la Revolución Francesa. Un fabricante de París ofrecía 500 tipos diferentes de bastones y, al igual que la corbata, era un medio para diferenciarse de otros, para adquirir una nota personal. El bastón del Pobre Poeta está apoyado contra la pared izquierda, se trata de un modelo robusto y económico con el puño en forma de T. Es la conocida ‘Muleta de Fritz’ bautizada así por el uso habitual que de él hacía el rey prusiano Federico II. El paraguas abierto sobre la cama, sin embargo, sería un motivo creado por Spitzweg, o por lo menos no sabemos de nadie que lo pintara con anterioridad, sin embargo en aquella época el paraguas ya tenía una larga historia tras de sí. Aparecido a principios del siglo XVIII, al principio solo servía de protección contra la lluvia para aquellos ciudadanos que no eran lo suficientemente ricos como para disponer de su carruaje, pero la situación cambió tras los disturbios ocurridos en París. En 1830 Felipe de Borbón no salía sin su gran paraguas bajo el brazo, ya que se consideraba como el primer burgués del reino. Este objeto utilizado por los transeúntes se convirtió en un símbolo político de carácter populista. Y otro tanto se puede decir del sombrero de copa, que adquirió la forma cilíndrica durante la Revolución Francesa, cuando sustituyó a la peluca y al tricornio. En el siglo XIX perdió su carácter originariamente subversivo y se convirtió en el sombrero habitual de los hombres serios, amantes del orden y fieles al rey. Para los espectadores contemporáneos de Spitzweg el sombrero de copa, el paraguas, el bastón y la corbata tenían un significado evidente: caracterizaban, tanto en la realidad como en el arte, el estatus social, reflejaban las diferencias.

Hoy en día vemos al poeta echado y los objetos que le rodean desde un ángulo completamente distinto, casi antagónico. Para nosotros no se trata del individuo particular que se diferencia de los otros, sino de una figura simbólica de toda una época: La Bidermeier

Esta época, que se extiende en Alemania desde 1815 a 1848 está marcada por la restauración de un régimen feudal. Los ciudadanos respetuosos de la Constitución debieron volverse otra vez súbditos. Y la mayoría reaccionaron a esta presión impuesta desde arriba con una vuelta a los valores privados, de manera que hoy en día el término Bidermeier se ha convertido en sinónimo del culto a la familia, del idilio doméstico y de la vida confortable lejos de las actividades políticas. Pero del mismo modo que el nombre de esta época no se acuñó hasta el final de la misma, los lentes de níquel, el sombrero de copa, el paraguas y el bastón, se convirtieron en emblemas de un modo de vida privado sólo con el paso de los años. Spitzweg, que pintó hasta su muerte en 1885, contribuyó en gran medida a transformar los objetos de la vida cotidiana en símbolos del espíritu de su tiempo, pero esto fue después de haber pintado “El Poeta Pobre”. Tan solo el gorro de dormir, atributo característico del ‘Michel alemán’, un personaje de siglo XVI, contaba ya con un significado real y también metafórico.

El ‘Michel’ es la figura nacional de los alemanes: Un tipo inofensivo, torpe y aburguesado.

Este cuadro de Spitzweg es objeto de una pequeña controversia entre los expertos, que el propio artista podría haber originado. Su punto de partida sería un dibujo preparatorio con cuatro palabras anotadas a la ligera las dos últimas se puede leer como “weg floh”, (adiós a la pulga). Podría querer decir que el hombre de la cama no está contando las sílabas sino aplastando una pulga entre sus dedos. Pero puede que no fuera el poeta quien quisiera quitarse la pulga de encima, sino el pintor quien lo estuviera pasando tan míseramente mal. De todas formas el contraste entre los altos vuelos poéticos del poeta acostado (‘Ad Parnasum’ puede leerse en uno de los libros) y la pobreza de su buhardilla es suficientemente expresiva.

Pero si todo lo dicho no basta para entender aún por qué este cuadro parece ser el favorito de los alemanes, digamos que es tan popular en Alemania que todos los escolares la tienen en mente, y se reproduce en mil y un objetos de merchandising. Pero también porque en ella se expresa el deseo de refugiarse en uno mismo, de meterse en la cama y no atender a lo que el mundo te pide, sino a lo que te apetece: La Biedermeier.

Para que un cuadro alcance este enorme nivel de popularidad requiere además de cierta simplicidad, como La Gioconda o La Liebre de Durero, la buhardilla del poeta se entiende en toda su magnitud de una simple ojeada, no hay una perspectiva compleja, la habitación, la ventana, la estufa y el colchón se ordenan en paralelo. Todos los objetos se reproducen con claridad. Otra condición para conseguir la popularidad es que un cuadro estimule los sentimientos. La Gioconda sonriente nos resulta agradablemente enigmática, y uno apenas pueda resistirse a la tentación de acariciar la liebre de Durero.  En el caso de Spitzweg el espectador no sabe si se encuentra ante una imagen idílica o ante una sátira. Sin duda el pintor tenía ambas posibilidades en mente y en ello reside el encanto del cuatro, Spitzweg caricaturiza las debilidades humanas, pero lo hace con cariño. Muestra a sus héroes con toda su limitaciones, pero sin burlarse de ellos. 

Carl Spitzweg

 

Textos basados en escritos de Rose-Marie & Rainer Hagen, Jens Christian y Siegfred Wichman.

 

 

 

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