Mierda de artista

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El artista ante la sociedad y el mercado.

El título de este artículo se refiere a una mordaz crítica del mercado del arte realizada por el artista conceptual Piero Manzoni, con la que demostró que la simple firma de un artista con renombre produce incrementos irracionales en la cotización de la obra.  Fueron noventa las latas cilíndricas de metal las que se vendieron al poco de exponerse en la Galleria Pescetto, de Albissola Marina, al norte de Italia, y que aún contienen, según la etiqueta firmada por el autor, Mierda de artista. Contenido neto: 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo de 1961. Y no creas que fueron baratas, salieron a la venta al mismo valor que entonces tenían treinta gramos de oro, y hoy en día su precio alcanza cifras de cuatro y cinco dígitos en euros, en las pocas ocasiones en que alguna de ellas sale a la venta o a subasta. Pasados más de treinta años de la muerte del autor, continúan las especulaciones acerca del contenido de las famosas latas, ya que se sigue ignorando si realmente se trata de heces humanas o no, ya que con el precio que tienen ningún propietario osaría destrozar la obra de arte, y además en ningún sitio se determina que el artista cagón sea una persona.

Esta curiosa anécdota artística nos da ocasión de comprobar que la relación del artista con el mercado del arte es algo más que compleja y turbulenta. ¿Es en realidad la lata de mierda una auténtica obra de arte, o fuera de las intenciones declaradas de su creador, es fruto de la preocupación del artista por ser aceptado en los círculos comerciales artísticos, por ser considerado como genio?. Ha habido muchos casos de artistas que por la presión que les produce la consideración de su obra se paralizan y terminan por no producir, porque ¿cómo es posible producir una obra de arte si estás pensando en la reacción del público, de las modas y de los mercados (ya no hablo siquiera del resto del colectivo de artistas). Al genuino artista se le supone tan independiente que no puede permitirse verse condicionado por ninguna influencia exterior y mucho menos que ninguna por la validez y consideración que despierte su propia obra.

Pero ello es también parte de la hipocresía social, pues la sociedad obliga al artista a venderse a sí mismo como un producto etiquetado cuyo contenido debe corresponderse con la etiqueta. Hoy vale más la firma del cuadro que el cuadro mismo. A los comerciantes del arte se les permite luchar por el éxito y el bienestar económico, de hecho para ellos es una cualidad imprescindible, pero cuando lo hace el artista se le tacha de interesado, de contaminado, de comercial, y por ello cuanto más colgado vaya por la vida, mejor. Es el modelo Van Gogh, si vendes una sola obra de arte tu prestigio artístico comenzará a resquebrajarse sin tener en cuenta la calidad de la obra, solo por el mero hecho comercial.

Quizá sea solo una cuestión de tópicos: Al ciudadano medio le moslesta que le rompan los moldes y por ello el ejecutivo debe vestir con corbata y traje, el científico debe ser despistado y excéntrico y el obrero no puede recitar poemas. Según este criterio al artista se le permiten las licencias de proclamar incredulidades y de hacer locuras estéticas, pero dentro de un órden, que solo parcialmente puede rebasar, o lo que es lo mismo: dentro de una estética que roce los límites éticos. A cambio se le eximirá de toda responsabilidad y se le reducirá a la penuria económica, pero se le considerará portador de una sensibilidad especial, inaccesible al resto de los mortales, que en último término les conduce a enfrentamiento permanente entre unos y otros.  Así el gremio de los artistas es un hervidero permanente de envidias y malas relaciones.

Pero no es el artista el enemigo de los mercados, pues vive para que su obra sea conocida mundialmente, lo que no podría suceder sin una buena comercialización, y además el propio mercado artístico mima y protege al artista como origen de la obra de arte, y le arropa con un silencio sobre el precio de la obra en origen, algo que facilita la burbuja de independencia que se le supone que debe tener. Es un poco la paradoja de que los carnívoros son los mejores aliados de los herbívoros, pues al comérselos realizan la selección natural necesaria para mantener el equilibrio y facilitar el crecimiento de las hierbas que hacen posible la existencia de sus víctimas.

Todo antes que venderse al poderoso, al mercado o a la moda, en cuyo caso el arte será considerado como fruto de intenciones ocultas y extrañas al artista, pero ¿qué sucede cuando la propia obra nace tan cláramente contaminada que es una lata de mierda?. Pues sucede que todos corren a comprarla por precios exorbitantes y que nadie se atreve a abrirla por miedo a perder  su valor. Es posible, muy posible, que lo único que tengan en sus manos sea una lata llena de yeso o barro, pero eso no importa, vale mucho más que su peso en oro porque es arte, arte mierda, pero arte.

LA GRAN BURBUJA DEL ARTE CONTEMPORANEO

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